¿Por qué el Imperio Romano se hizo cristiano?

25.04.2017

Todo sucede en el siglo IV. Hasta ese momento, el Imperio Romano era politeísta y durante ese siglo comienza a tolerar el cristianismo, que cuenta ya con muchos adeptos, hasta que finalmente el emperador Teodosio lo adopta como religión oficial. Poco antes, el emperador Galerio perseguía a los cristianos, pero acaba comprendiendo que no tiene sentido por lo que ya próximo a su muerte promulga un edicto, en 311, que les otorga libertad para celebrar su culto siempre y cuando no alteren el orden público. Las autoridades romanas les veían como una secta de supersticiosos, pero no peligrosos. De hecho, los dos coemperadores (Constantino y Licinio), una vez muerto Galerio, mandan redactar el Edicto de Milán que ordena que deje de discriminarse a la Iglesia Cristiana y que se les devuelva las propiedades que se les hubiera incautado en época del anterior césar. Incluso se dice que el emperador Constantino llevaba, en la batalla de Puente Milvio, un emblema con el monograma de Cristo que le dio la victoria frente a Majencio que reinaba en la parte occidental del Imperio, pero esta historia se sospecha no sea cierta. Si lo fuera, ¿por qué Constantino no se convierte al cristianismo de inmediato? Debiera haber quedado impactado y convencido del poder de los símbolos cristianos si verdaderamente sucedió el milagro de Puente Milvio y sin embargo no se convertiría hasta su muerte, 25 años después. Lo más probable es que en su afán de unificar todo el Imperio bajo un mismo Gobierno, lengua y leyes quisiera también hacerlo con una sola religión pero no querría erradicar las tradiciones romanas de forma brusca por lo que iría paulatinamente favoreciendo a los cristianos. Primero prohibió las prácticas de cualquier religión que incluyera alguna crueldad o inmoralidad y después desautorizaría a los magistrados participar en sacrificios rituales. Al mismo tiempo erigía iglesias, concedía ciertos privilegios al clero cristiano y ayudó a erradicar corrientes que los obispos cristianos consideraban heréticas como la donatista o la arriana.

La batalla de Puente Milvio es la que cuentan las crónicas que determinó que Constantino se convirtiera al cristianismo. La noche antes el emperador tiene una visión que según los historiadores cristianos fue la señal de la cruz y una voz, en griego, que le dijo «en este signo, conquistarás». Pero Lactancio, un escritor de la época, también cristiano, dijo que la voz le instó a grabar la marca celestial en los escudos de los soldados (la conocida como «staurogram», una cruz latina con la parte superior en forma de P) antes de la batalla lo que el césar Constantino hizo.

Otros historiadores aseguran que no fue el staurogram sino el Crismón, o combinación de las letras griegas "x" (chi) y "p" (rho), las dos primeras del nombre de Cristo en lengua griega: Χριστός (que significa "el ungido"-). Eusebio de Cesarea describe el evento en su Historia Eclesiática, diciendo que en efecto recibió ayuda de Dios, pero no habla de visión alguna, aunque sí lo hace en otra obra suya: "Vida de Constantino", en la que asegura que el propio emperador le contó en persona su vivencia. Al parecer, según el relato de Eusebio, el césar vio por encima del Sol una cruz que brillaba intensamente y las palabras «Εν Τούτῳ Νίκα», que traducido al latín sería: in hoc signo vinces («en este signo, vencerás»). Por la noche Constantino soñó con Cristo que le decía que si quería ganar a su enemigo debía utilizar el signo que vio, lo que Contantino ordena se convierta en un estandarte al que se conocería como "lábaro".

La verdad es que el crismón aparece por vez primera en una moneda de época de Constantino con lo que es cierto que utilizó el emblema, pero parece que solo de forma destacada en su conflicto con el emperador oriental Licinio porque lo más habitual era ver en las monedas al sol invicto, el Dios Sol. De hecho, Juliano el Apóstata, sobrino de Constantino, declaró durante su reinado que solo debía rendirse culto al dios Helios, no adoptando el cristianismo, como se dice que hizo su tío. Todavía con el emperador Graciano, varias décadas después, vemos como el césar rechaza el título de "pontífice máximo", por asociarlo a sus antecesores cristianos (el título existía antes del cristianismo, pero los césares cristianos lo habían adoptado como propio). Los senadores se resistían a ceder en sus tradiciones y creencias ante la pujanza de la nueva secta religiosa que consideraban demasiado supersticiosa e incluso extremista pero finalmente, Teodosio la adopta como religión oficial del Imperio romano, en 380. Como vemos, no fue realmente decisión de Constantino sino un largo proceso que duró casi setenta años. A partir de este momento, la expansión de la Iglesia se acelera utilizando todos los resortes imperiales, así como su estructura y administración: las Provincias imperiales coincidían en sus límites geográficos con las Provincias eclesiásticas (en el siglo V eran más de 120 Provincias). El obispo metropolitano o principal de la Provincia que habitaba en la capital o metrópoli se convirtió en una autoridad primordial siendo quién nombraba al resto de obispos de la Provincia y presidía el Concilio Provincial. La excepción era la parte occidental donde el obispo metropolitano era el de Roma, mientras que en la oriental había varios. Así que el obispo de Roma se convirtió en el patriarca latino, el de Alejandría en el de los cristianos de cultura copta, el de Antioquía el patriarca de los de origen sirio y el de Jerusalén para los de influencia palestina. Los que tenían influencia griega reconocían a los patriarcas de Antioquía y Alejandría pero poco tiempo después el patriarcado de Constantinopla adquiere gran importancia al convertirse en la nueva capital imperial. Los obispos de Roma, considerando que habitaban en la verdadera y única capital del Imperio, defendían que Cristo concedió el Primado de la Iglesia a Pedro el cual murió en Roma. Es más, el poder del obispo de Roma en la parte occidental creció notablemente hasta convertirse también en poder político decretando órdenes y transmitiéndolas por medio de legados y vicarios. El propio Constantino se autonombraría "obispo exterior".

Acabaría decidiéndose que el obispo de Roma era, en efecto, el primado o máxima autoridad doctrinal, pero debía respetarse la autonomía jurisdiccional de los patriarcas orientales. Éstos últimos adquirieron mucho más poder que el obispo de Roma en sus respectivas Provincias.

Ahora bien, considerar a Constantino un santo, teniendo en cuenta su complicada personalidad, supersticioso como él solo, politeísta, de carácter dominante y muy vanidoso además de un asesino sin escrúpulos resulta, cuanto menos, extraño de aceptar. Constantino mató a cuanto familiar se le ponía en medio que aspirara o que él creyera, en su paranoia, que aspiraba a su trono. La Iglesia cristiana, sencillamente, comprendió que si quería sobrevivir ante tan impulsivo gobernante tenía que adaptarse y sucumbir a sus requerimientos o desaparecer. Y optó por lo primero, cambiando sus costumbres ancestrales: el obispo ya no era elegido por los miembros de la comunidad eclesiástica sino por el césar quedando los presbíteros como subordinados del obispo, como si de un cargo imperial se tratara.

Pero, ¿por qué sobrevivió precisamente el cristianismo cuando había otros cultos tanto o más extendidos?

El cristianismo ofrecía la salvación eterna, lo que no hacían los otros credos y ofrecía también esperanza simbolizada en la resurrección de Cristo que venía a decir que, aunque tu vida sea un calvario, como el que sufrió Cristo, siempre hay esperanza en una vida mejor. Era una doctrina nueva que caló hondo en un mundo lleno de sufrimiento y esclavitud. Claro que otras religiones orientales también basaban su credo en un dios salvador que moría por todos sus fieles ofreciendo una vida inmortal después de la muerte terrenal. La diferencia estribaba en que los predicadores cristianos pregonaban que su dios se había hecho hombre y vivió entre los humanos como un hombre más asegurando que era una historia real, no un mito (como Mitra). Tampoco discriminaba a las mujeres, sino que las hacía copartícipes de su mensaje ni había que iniciarse en misterios insondables, todo lo contrario, el cristianismo era abierto y simple: todos entendían su mensaje de salvación y amor al prójimo. Tan solo tenían que bautizarse y ya podían ser miembros de la Iglesia Cristiana la cual acercó Dios a sus fieles como nunca antes otra religión lo había hecho: naturalizó y humanizó a Dios.

El credo cristiano daba la oportunidad a sus fieles de saberse miembros de una comunidad espiritual muy amplia, lo que les infería confianza en sí mismos al saber que contaban con muchos "hermanos" en los que apoyarse si lo necesitaban, lo que no ocurría con otras religiones, más individualistas. Además, no distinguía entre ricos y pobres o entre libres y esclavos, al menos originalmente...hasta el siglo IV, que comienza a cambiar.