Carlos V, señor de Occidente

14.04.2017

En el año de Nuestro Señor de 1500, como dirían entonces, nacía el futuro emperador Carlos V de Alemania. Pocos hombres en la Historia han heredado tantos territorios y fortuna. De su padre, Felipe el Hermoso, de la poderosa familia de los Habsburgo, hereda Austria, Borgoña, Luxemburgo, Brabante, Güeldres, Limburgo, El Tirol, Artois y Flandes y de su madre, Juana, apodada "la loca", Castilla y Aragón, ahí es nada, con las posesiones aragonesas del Mediteráneo y las castellanas de América y África. Por si fuera poco, su abuelo, Maximiliano, fue emperador de Alemania por lo que luchó y pagó por sus derechos al trono del Sacro Imperio Romano Germánico, cuyos dominios expandió realizando más conquistas "para mayor gloria del emperador" (formula que utilizaban sus conquistadores) o para mayor gloria de España. La verdad es que las cortes de Castilla nunca vieron con buenos ojos ni al emperador ni a sus influyentes consejeros flamencos quienes, a su vez, veían a los españoles como hombres atrasados y fanáticos dominados por la superstición. De hecho, es de suponer que un humanista como el emperador Carlos utilizó la religión como una herramienta práctica de unificación de sus territorios, como 1.200 años antes hizo otro emperador, Constantino. Si luchó contra los protestantes fue porque les consideraba rebeldes, no porque estuviera literamente en contra de sus planteamientos. Él pensaba que la unión de Europa podía realizarse bajo un solo emperador y no quería fisuras, como la que suponían los seguidores de Lutero y Calvino. Si las permitía, pronto surgirían otras y el imperio se desmembraría. Soñaba con un Imperio Universal, más grande y poderoso que el romano, que era todavía entonces la referencia imperial que seguían teniendo en Europa. El Sacro Imperio Romano era un recuerdo centro europeo de aquel. Carlos I de España tenía ahora en sus manos la posibilidad de unir de nuevo Europa entera. De momento, la parte occidental ya era, por herencia, practicamente suya, excepto el pequeño reino de Inglaterra y fácilmente controlable (Enrique VIII no le inquietaba lo más mínimo) y el incómodo reino de Francia, pues su arrogante soberano, Francisco I, se atrevía a enfrentarse a Carlos, a quién nunca perdonó que le arrebatara con su influencia el trono imperial.

En Oriente, el Imperio turco era su principal enemigo; más allá no se sabía casi nada, aunque se tenía la esperanza de seguir conquistando territorios en las Indias Occidentales (descubiertas por España para los europeos el siglo anterior) y conseguir con ello mayores riquezas. La verdad es que para Carlos, América era el tesoro que le permitía llevar a cabo sus campañas bélicas en Europa. De haber administrado bien las enormes cantidades de oro y plata procedentes del continente americano, no hubiera dejado en la bancarrota a Castilla y Flandes que sufrían sangrías periódicas para sufragar los gastos imperiales.

La mentalidad de Carlos la fraguaron tres personajes muy influyentes por aquel entonces: su tía Margarita de Austria, que le inculcó su gusto por las artes y la cultura en general (el emperador era un hombre de gustos refinados, todo un sibarita a quién gustaban las fiestas de la corte y no dudaba en rodearse de los mejores artistas del Renacimiento). Otra persona que influyó en él fue el futuro papa Adriano VI. El saqueo de Roma por las huestes imperiales no sucedió bajo el reinado de Adriano, hubiera sido impensable, sino en tiempos de su sucesor, Clemente VII. Un tiempo en el que Carlos deseaba ser emperador de todos, cristianos y protestantes (seguía siendo el defensor de la fé cristiana-católica pero no era el defensor del Vaticano ni de sus papas -salvo después, tras el pacto firmado con Clemente VII-) y el ejército imperial, que andaba de un lado para otro por media Europa, con 18.000 soldados, estaba formado tanto por católicos como por protestantes.

Por último, entre sus influyentes mentores, encontramos a Guillermo de Croy, señor de Chievres, un hombre de Estado astuto que fue consciente desde un principio del poder que amasaría Carlos por lo que desde niño estuvo a su lado en todo momento, casi como un padre (su verdadero padre, Felipe el Hermoso, murió cuando Carlos tenía seis años).

Al morir Fernando, el Católico, rey de Aragón, Carlos es proclamado regente de Castilla y Aragón por lo que un año después marcha a España pero al no saber castellano deja todas las tareas de gobierno en manos de sus consejeros quienes no dudaron en acaparar los mejores puestos y en derivar los impuestos castellanos a la financiación de los gastos de Los Paises Bajos.

Para evitar males mayores, aunque la verdad es que las cortes de Castilla estaban divididas entre los partidarios de Carlos, los de su hermano Fernando y los pocos que aún tenía la madre de ambos, Juana la Loca, el rey Carlos I de España decidió firmar todos sus documentos castellanos reconociendo a su madre como reina, figurando en primer lugar. Con su hermano, el problema quedó resuelto al enviarle a Flandes, a fin de cuentas era menor que él. Eso sí, Carlos tuvo que jurar lealtad a las leyes castellanas y aragonesas y a los foros catalanes. Pero los consejeros flamencos seguían en sus puestos por lo que los grandes nobles de Castilla se enfadaron y mucho. Aún así, Carlos consiguió 800.000 ducados de Castilla y Aragón (equivalente a unos 84 millones de euros actuales) para poder pagar sus derechos al trono imperial en lo que también le ayudarían algunos banqueros como Jacobo Fugger.

El emperador no descansaba y siempre estaba de un lado para otro por todos sus reinos. De hecho, su propia esposa llegó a estar seis años sóla al encontrarse su marido siempre de viaje o residiendo en aquellos reinos donde interesaba hacer escala para poder hacer campaña y captar partidarios o recaudar fondos.

Se uniría a su prima hermana Isabel de Portugal para reforzar sus vínculos con el otro gran reino ibérico, razón por la que Felipe II, el hijo de ambos, sería proclamado rey de Portugal uniéndose los dos reinos y formando el imperio territorial más grande del Mundo hasta entonces conocido y uno de los más extensos de la Historia, el imperio donde nunca se ponía el sol (con Felipe, parecía que el imperio universal podía construirse).

La luna de miel ente los dos cónyuges fue en Sevilla y Granada quedando el emperador enamorado de esta última ciudad y mandando construir el palacio que lleva su nombre en el recinto interior de la Alhambra.

Pero Carlos era un hombre de acción y siempre estaba batallando. Cuando su esposa murió, él se sumió en un enclaustramiento en el que no quería ver a nadie. Sería la rebelión de su ciudad natal la que le devolvería a la realidad, pues no querían seguir pagando impuestos mientras otras ciudades italianas y alemanas no lo hacían. Carlos sofocó la rebelión con su sola presencia y castigó a los rebeldes. Tuvo que enfrentarse a una coalición entre Enrique II de Francia y los príncipes protestantes y además hacer frente al peligro turco. Los enemigos eran demasiados aunque las tropas de Carlos solían salir airosas de los enfrentamientos. Sin embargo, Enrique II consigue algunas victorias, Enrique VIII de Inglaterra rompe su pacto con el emperador, Solimán, el sultán turco no cesa de atacar y en Castilla las revueltas y las quejas por los elevados impuestos están a la orden del día.

Por fin, en 1555, el emperador, cansado ya de tanto ajetreo, deja el gobierno de los Paises Bajos en manos de su hijo Felipe, para que se vaya haciendo a las labores de Estado. Un año después le cede el trono de Castilla y Aragón y todas sus posesiones excepto el gobierno imperial que pasa a manos de su hermano Fernando.

En 1558, con 58 años, el emperador muere en su retiro de Yuste, cansado y enfermo y con él moría el sueño de un rey para todo el mundo abierto a tendencias nuevas pero realista en las tareas de gobierno, práctico y eficaz. El gran problema de Carlos fue que como administrador y más como gestor económico resultaría pésimo pero su idea de una Europa unida es el primer hito al respecto y origen de lo que hoy conocemos como Unión Europea. Solo dos hombres más estuvieron a punto de conseguir la unión: Napoleón, gran estratega como Carlos V pero cegado por su ambición y Hitler, éste último de tan triste recuerdo y es que Europa es un conglomerado de pueblos diversos que no puede unirse por la fuerza. Solo la diplomacia y la democracia han hecho posible una realidad como la actual. Esto Carlos V lo reconoció al final cuando recomendaba en su testamento a su hijo Felipe que procurara no guerrear innecesariamente pues los Estados se encontraban agotados y cansados y la guerra no trae nada bueno.