El juicio a Jesús

13.04.2017

Por ADOLFO ESTÉVEZ

En la actualidad continúa el debate sobre si Jesús de Nazaret, fundador o inspirador de la Iglesia Cristiana, existió realmente o se trata de un mito adoptado de las creencias paganas anteriores. Pero independientemente de su historicidad, todos los detalles sobre su vida narrados en los Evangelios han sido examinados con lupa pues reflejan las costumbres de la Palestina del siglo I y solo por ello son un importante documento histórico. Uno de los episodios más comentados es el del juicio de Jesús y son muchos los juristas que lo han estudiado a fondo para dilucidar sí estuvo sujeto a Derecho, entiéndase según la Justicia del momento y lugar en que acontecen, o si se vulneró algún precepto legal. La cuestión es más compleja de lo que pueda parecernos pues determinaría quiénes mandaron, en realidad, a la cruz a Jesús: ¿fueron los romanos o los judíos? Precisamente esta ha sido la razón que argumentaron muchos pueblos de la Edad Media y épocas posteriores para expulsar de sus territorios a las comunidades judías o perseguirles e incluso masacrarles: alegaban que los judíos fueron quiénes condenaron a Cristo, aunque la mano ejecutora fuera la romana. Intentemos dar luz a este debate.

Uno de los estudiosos que más han escrito e investigado sobre el juicio a Jesús ha sido el profesor de Derecho Romano José María Ribas, quién defiende que el proceso fue justo y sujeto a Derecho: en la Palestina del siglo I declararse hijo de Dios era considerado una "blasfemia" condenada con la muerte y Jesús, gran conocedor de las leyes judías, lo sabía con lo que él mismo sería quién se dirigió a la cruz conscientemente. Una vez sentenciado, los sacerdotes del Templo de Jerusalén ponen al reo a disposición de Roma pues el Sanedrín no estaba autorizado a ejecutar a nadie; solo las autoridades romanas. Pero, ¿realmente el juicio cumplió con exactitud la normativa que la Justicia hebraica determinaba para estos casos? La respuesta es según la perspectiva desde la que se mire, la romana o la judía.

Antes de proseguir, tengamos en cuenta que, en la época de Jesús, en Palestina (y prácticamente en todo el Mundo antiguo), la política se mezclaba con la religión y ambos con el Derecho, excepto en el caso de los romanos, que eran más prácticos. El propio Estado de Israel era una teocracia en la que el soberano era el mismísimo Dios y se dictaban normas como emanadas por Yavé, de las que los sumos sacerdotes presumían de ser sus portavoces en La Tierra (algunos les considerarían extremistas por ello, en ese caso recordemos que el sumo pontífice de la Iglesia Cristiana-Católica se considera el vicario de Cristo en La Tierra). Los sacerdotes eran quiénes conocían las leyes hebreas que Dios dictó y que ellos adaptaron a sus circunstancias terrenales. La Justicia se dictaba en nombre de Dios y resultaba francamente complicado diferenciar entre una falta o delito y un pecado.

Por su parte, para Roma, el emperador era el mediador entre los dioses y el pueblo así que la justicia romana se impartía en nombre del emperador a quién incluso se veneraba. Todos sabían que el césar no era un dios, pero se le adoraba como tal, sencillamente porque resultaba práctico en su expansión territorial al ser impuesto a los pueblos conquistados como símbolo del poder de Roma: un césar-dios inspiraba respeto teniendo en cuenta la mentalidad de los pueblos de la Antigüedad, cuyos Gobiernos solían estar en manos de reyes que se presentaban a sí mismos como dioses o favorecidos por los dioses y sus sacerdotes, a quiénes les correspondía impartir justicia. Con este panorama, la expansión romana resultaba más digerible para estos pueblos si se veía como la imposición de un dios más poderoso sobre las deidades locales. Pero los romanos fueron más allá: conscientes de que no dejaba de ser una imposición, permitían a los conquistados seguir practicando sus creencias, sin limitaciones, siempre y cuando satisfacieran los tributos que se les pedía anualmente. Lo demás, a los romanos les traía sin cuidado, no siendo práctica habitual en los gobernadores de los territorios conquistados inmiscuirse en las costumbres locales.

Pero en un recóndito rincón del Imperio, Palestina, llega Jesús y dice que es el Hijo de Dios lo que ni judíos ni romanos podían aceptar desde ningún punto de vista: ni político, ni religioso ni jurídico. Unos y otros se negaban a reconocerle como líder político porque ello restaría poder tanto a los sacerdotes como al tetrarca Herodes Antipas que aspiraba a que Roma le reconociera como Rey de Israel. Los sacerdotes estaban conformes con la situación en la que se encontraba Palestina ya que todo el poder que Roma no quería recaía en sus manos e incluso los impuestos eran repartidos entre el prefecto romano y el sumo sacerdote; éste último, por razones obvias, se resistía a considerar a Jesús un líder religioso ya que se vería obligado a cederle todas sus prerrogativas. Tampoco podía vérsele como una figura jurídica distinta a la de rey o sumo sacerdote, por ejemplo, dándole un cargo con autoridad, porque Roma no lo hubiera aceptado pues suponía tener que tratar con un tercer agente (además del tetrarca y del sumo sacerdote) pero también podía dar lugar a fricciones con los otros dos poderes locales acarreando conflictos que Roma se vería obligada a sofocar. Las fuerzas romanas en Jerusalén se componían de una única Cohorte que no llegaba a los 500 soldados, así que era preferible contar con la aquiescencia del Sanedrín para que colaborara en materia de seguridad. De este modo se mantenían a raya posibles focos de rebeldía; a cambio, el procurador romano recompensaba al sumo sacerdote con prebendas. Por lo tanto, si Caifás, que era quién ostentaba ese cargo sacerdotal en tiempos de Jesús le pidió a Poncio Pilato (procurador romano) que le juzgara como traidor, el procurador romano no se iba a negar. Además, Pilato sabía de la amistad del tetrarca con el emperador Tiberio pues se había criado en Roma con el hijo del césar, Calígula. Era, por lo tanto, una cuestión de intereses: Pilato quería tener satisfecho a Herodes, amigo del emperador y para ello resultaba recomendable tener igualmente contento al sumo sacerdote, además de que ambos, tanto Herodes como Caifás, colaboraban en la seguridad del territorio.

De todos modos, las fuentes de las que disponemos son muy pocas. Las hay tanto judías contemporáneas a los hechos como posteriores cristianas supuestamente basadas en testimonios de la época y restos arqueológicos que confirman ciertos episodios.

De las fuentes judías señalamos tanto la Mishná y el Talmud de Babilonia como los rollos del Mar Muerto. La Mishná es la recopilación de las interpretaciones que los rabinos más importantes hicieron de la Ley de Moisés. El Talmud de Babilonia (está también el de Jerusalén) es un amplio comentario a las interpretaciones de los primeros rabinos sobre la ley. Y luego tenemos el Midrás que interpreta pasajes de La Biblia. Pues en estos tres Libros (en realidad cada uno lo componen muchos volúmenes), hay una quincena de referencias a Jesús o mejor a su movimiento ya que las noticias sobre Jesús que se mencionan en estos textos no son precisamente beneplácitas hacia Cristo, de hecho insinúan que María, la madre de Jesús, fue una adúltera que tuvo una relación con un soldado romano, verdadero padre de Jesús (si es el mismo Jesús de los Evangelios, del que parece el texto judío no albergar duda pues ambos viven en la misma época y lugar). También señalan la posibilidad del linaje de Jesús, en un texto del Sanedrín pero que no se sabe si ridiculizando a María, o porque ciertamente era de ascendencia real. La arqueología parece que ha descubierto, recientemente, la casa donde se celebró la última cena y las viviendas de los principales sacerdotes, Anás y Caifás, incluso la sede del Sanedrín y el palacio que Herodes Antipas tenía en Jerusalén, así como el pretorio romano.

Jesús se presenta ante todos, Sanedrín, Herodes y autoridad romana como el mesías que profetizaba la tradición judía que lideraría a Israel hacia su libertad y engrandecimiento entre todos los pueblos de La Tierra. Dice estar ungido por Dios mismo y que tiene poder para perdonar los pecados e incluso realiza curaciones. Estos milagros llegan a producirse en sábado, el día sagrado de los judíos. Los escribas que recogieron las acusaciones contra Jesús lo tenían claro: se trataba de un doble delito de apostasía y blasfemia, condenado con la pena de muerte. El órgano competente para juzgar este caso, en la Judea del siglo I, era el Sanedrín pues se entendía como dentro de la jurisdicción en materia teológica, pero si condenaban a muerte a alguien tenían que remitir el caso al procurador romano, el único con facultad para ejecutar una pena capital.

Jesús pudo ser un fariseo realmente pues hay constancia, en el Evangelio de Lucas, de la visita a la casa de un tal Simón el fariseo donde se quedó a comer. No parece, por lo tanto, que los partidarios de Jesús y los fariseos fueran enemigos, aunque tal vez sí con un enfoque distinto de la doctrina judía. Pudiéramos pensar, en este sentido, que Jesús se salió del camino seguido por los fariseos por lo que éstos acabarían dándole la espalda. Pero los verdaderos enemigos de Jesús no fueron los fariseos, sino los saduceos, que ejercían el mando del Sanedrín y esta casta sacerdotal era mucho más estricta e intransigente que los fariseos, ya de por sí ultracoservadora, pues seguían a rajatabla la Torá o Ley judía.

El proceso judicial en el Sanedrín

El proceso a Jesús ordenado por los saduceos comienza con una investigación previa del caso y naturalmente el interrogatorio al reo a quién preguntan si ciertamente se considera Hijo de Dios, respondiendo Jesús afirmativamente. Parece, a tenor de las menciones evangélicas, que la investigación comenzó en el año 29, en torno a septiembre u octubre, pues coincidió con la fiesta de los Tabernáculos (también llamada de las Tiendas, rememorando cuando los judíos abandonaron Egipto deambulando por el desierto durmiendo en tiendas) que se celebra en el mes judío de Tishrei, que coincide con esos meses occidentales. Poco después los sacerdotes deciden acabar con Jesús al considerarle peligroso para sus intereses por lo que el nazareno se retira momentáneamente de la predicación, imaginamos que por precaución, reapareciendo en la capital, Jerusalén, en la Fiesta de la Pascua, en el mes de Nisan, que coindice con abril, ya en el año 30. Entre la información que maneja el Sanedrín figura la supuesta resurrección de Lázaro, de la que todos hablan y que rompe los esquemas de toda creencia. Como comprenderemos, resucitar a alguien de entre los muertos es un hecho tan asombroso como increíble y no podía pasar desapercibido por eso extraña tanto que no haya constancia en los registros judíos, que tomaban nota hasta de hechos banales y rutinarios. Probablemente, el sumo sacerdote ordenaría eliminar esos registros, pero igualmente extraña que no se recogiera el asombroso fenómeno en cualquier otro texto, salvo en los Evangelios. Así que pudo adornarse la Historia en torno a Jesús para darle un aura de divinidad, ya que la secta judía de los cristianos ya llevaba décadas en marcha cuando se redactan los Evangelios e interesaba endiosar a su fundador con el objetivo de atraer a más seguidores. Pero si no fue así y ciertamente se produjo la resurrección o lo que los testigos de tan increíble evento creyeron ver y difundieron, el Sanedrín, con ojos y oídos por todas partes, como órgano de poder que era, tendría conocimiento enseguida y lo añadió al "expediente" de Jesús o fue lo que lo inició. El caso es que debieron librarse dos órdenes de búsqueda y captura, como lo diríamos hoy: una contra Jesús y otra contra Lázaro, su compinche a ojos del Sanedrín.

Una vez Jesús es arrestado, durante la Pascua del año 30, en Jerusalén (la Guardia del Templo no consiguió encontrar a Lázaro, que sí había huido) le dan la oportunidad de retractarse pues así lo contemplaba la Ley, lo que como bien sabemos no surtió efecto ya que Jesús se mantuvo en sus trece. Con respecto al castigo físico que sufre antes de ser llevado a Pilato hay expertos, como José María Ribas, que consideran que también estaba sujeto al Derecho de la época, una especie de castigo improvisado al que se exponía el reo por su atrevimiento aunque solo en casos de idolatría o blasfemia. Digamos que era una especie de libertad que se le concedía al vulgo por sentirse insultado en sus creencias, agrediendo a quién se atreviera a blasfemar; en este caso serían los soldados del Templo, indignados con Jesús, quiénes por iniciativa propia o estimulados por los sacerdotes, agreden al nazareno hasta en tres ocasiones.

Lo que tampoco nos explicamos es como no hay registros de la entrada triunfal de Jesús en Jerusalén, si fue un acto multitudinario, como así reflejan los Evangelios aunque de ser así debemos entender que fuera lo que finalmente convenció a los sacerdotes del peligro que suponía Jesús para el poder que ejercían. Tal vez aquí es cuando se produce la ruptura definitiva de los fariseos con Jesús pues pierden la ocasión única de derrocar a los saduceos erigiendo en rey a uno de los suyos, pero Jesús no aprovechó la coyuntura del apoyo popular, reforzado tras el incidente del Templo en el que expulsa a los comerciantes y cambistas. Las gentes venidas de todos los rincones de Palestina e incluso de otras Regiones estaban indignadas con los impuestos e intereses que se les cobraba por cambiar su moneda por la del País o por las compras que debían hacer en la Pascua. Jesús llega al Templo y arremete contra los cambistas usureros y comerciantes que operan en el recinto sagrado, lo que es un ataque directo a los saduceos que se llevan un beneficio porcentual de las ventas. Pero el pueblo lo celebra y ve en Jesús a un posible mesías pues nadie se había atrevido a algo así hasta entonces. Si rodeado del apoyo del pueblo, en ese momento, Jesús se hubiera dirigido al Sanedrín, es muy probable que lo hubiese tomado, aunque por otro lado, tal vez pensó que solo conseguiría una sangría ya que la Guardia del Templo habría arremetido contra ellos. Y si el apoyo popular creciera se habría pedido ayuda, desde el Templo, a la Fortaleza Antonia, donde se encontraba la Cohorte romana y ahí ya la cosa se habría puesto muy fea. Por lo que Jesús, tal vez llevado por un arrebato de indignación ante los negocios abusivos con el pueblo que se llevaban a cabo desde el Templo reaccionó de ese modo tan temperamental pero después, pensando en frío, decidiera retirarse pues la otra opción hubiera sido una matanza. Fuera como fuese, el Sanedrín tomaba nota de todo.

Lo que desconcierta del relato evangélico es que Juan no coindice en su información con los otros tres evangelistas canónicos con respecto a la última cena.

Evangelio de Juan, capítulo 13-1: Antes de la fiesta de la pascua, sabiendo Jesús que su hora había llegado para que pasase de este mundo al Padre, como había amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el fin.

En cambio, los otros tres evangelistas sitúan temporalmente el evento durante la Pascua. En lo que sí coinciden es en que el apóstol Judas le traiciona y que la detención la efectúan guardias del Templo. Pero el detalle del momento en que se produce es de gran importancia porque si tuvo lugar antes de la Pascua, pudiera explicar la sucesión de hechos entre la detención y la entrega definitiva del reo a Pilato. Si hacemos caso del relato de Marcos, Mateo y Lucas, sencillamente no da tiempo a que todo lo que dicen se produjera en tan escaso período de tiempo, apenas unas horas desde el arresto hasta la crucifixión. El más coherente, en este sentido, sería Juan que dice que la cena se produjo antes de la Pascua, con lo que es muy probable que no fuera en lo que hoy llamamos "jueves santo" sino antes, el miércoles con casi toda seguridad.

El caso es que Anás, con Jesús ya detenido, interroga al mismo. Anás es el suegro del sumo sacerdote y anteriormente ejerció ese cargo; sigue siendo alguien muy relevante y respetado entre los sacerdotes (la tradición judía consideraba que quién hubiera ejercido el sumo sacerdocio nunca perdía esa consideración, aunque fuera destituido por las autoridades de ocupación, en este caso las romanas). El hecho de que le lleven primeramente a su casa solo puede indicar que fue Anás realmente el que instigó para que se detuviera a Jesús. ¿Caifás estaba al tanto de las intenciones de Anás? ¿Obró éste por su cuenta? ¿Remitió Anás a Jesús a presencia de Caifás puesto que al ser éste el sumo sacerdote era quién podía juzgarle? Si fue así, Caifás actuaría por respeto y temor ante el todavía influyente Anás lo que también podría explicar el porqué de las prisas que se dieron con el juicio a Jesús. ¿Era necesario matarle cuanto antes? ¿No podía esperar a después de la Pascua? De hecho, matarle en tan señalada fiesta podía resultar contraproducente por el levantamiento popular que pudiera haber generado. Recordemos que, hasta ese momento, la impresión que tiene el Sanedrín de Jesús es que es alguien que arrastra masas hasta el punto de protagonizar una entrada triunfal en Jerusalén tan solo unos días antes.

Pero fueron varias las irregularidades cometidas: por ejemplo, la falta de testigos, el violentar al reo para que declare contra él mismo, la celebración del juicio por la noche y con tanta prisa cuando un crimen mayor requería de más tiempo para las deliberaciones y además durante las sesiones lógicas durante el día. Tampoco se debía arrestar a nadie por la noche, era igualmente una práctica prohibida (todavía hoy se han dado casos de legislación que prohíbe llevar a cabo acciones policiales durante las horas nocturnas; fue lo que ocurrió en Bruselas cuando se sospechó de la presencia del terrorista huido de los atentados de noviembre de 2015 en París, acordonándose el barrio donde se encontraba, pero no actuando hasta que amaneciera porque la Ley prohibía actuar por la noche lo que motivó que escapara); "Júzguese una ofensa capital durante el día pero suspéndase de noche.", como ordenaba la Mishná, o tradición oral judía recogida en el Talmud, el cual incluye también la Guemará, que es la explicación que los rabinos daban de la Mishná. La Ley dejaba claro, como decimos, que los juicios se celebraran por la mañana en el caso de los sanedrines locales y hasta caer la noche si se trata del Gran Sanedrín, pero nunca por la noche.

El evangelista Marcos nos dice que se recurrió a testigos falsos cuyos testimonios no concordaban y además no se tomó nota, por parte de los escribas, como era obligado, del voto emitido por los miembros del Sanedrín, entre otros motivos porque ni siquiera estarían todos debido a las intempestivas horas a las que se estaba celebrando el juicio.

Sobrevendría la segunda paliza a Jesús, tras el juicio (la primera fue en casa de Anás) cuando esta práctica también estaba prohibida pues la Ley judía recomendaba un segundo juicio, el cual además era necesario, en este caso, pues no había quedado nada claro el primero. Una prueba es el episodio, recogido en Hechos de los Apóstoles, capítulo 23, cuando Pablo es interrogado por el sumo sacerdote Ananías, que sustituyó a Caifás. Ordenan agredir a Pablo y éste contesta: "¡Dios te golpeará a ti, pared blanqueada! ¿Estás tú sentado para juzgarme conforme a la ley, y quebrantando la ley me mandas golpear?". Tampoco Jesús se quedó callado cuando le agredieron ante los sacerdotes: "Si he hablado mal, testifica en qué está el mal; y si bien, ¿por qué me golpeas?" (Juan, 18-23).

La Ley judía establecía que para que se condenara a alguien culpable era necesaria la mayoría de los miembros del Sanedrín, pero además la Ley contemplaba un hecho curioso: la unanimidad. Si todos los miembros del Sanedrín, unánimemente, condenaban a alguien, el juicio se declaraba nulo porque indicaría posible manipulación o corrupción interesada en contra del acusado ya que no se consideraba normal que absolutamente nadie estuviera a favor del reo. En el caso de Jesús, los Evangelios dicen que todos los sacerdotes presentes en el juicio nocturno (ilegal como ya hemos dejado claro) le declararon culpable, lo que de inmediato debiera haber supuesto la libertad de Jesús al haber unanimidad. ¿Qué hizo el sumo sacerdote para evadir la Ley? Reunió de nuevo a los sacerdotes convocados (recordemos que no eran todos) ya que la normativa obligaba a celebrar una segunda vista si había sentencia de muerte para revisarla, pues hablamos de pena capital y había que estar plenamente seguros. Pero la Ley dictaba que la segunda vista fuera al día siguiente, debiendo los jueces que ayunar, rezar y estudiar con detenimiento los cargos durante todo el día para estar completamente seguros de si mantenían la sentencia o era conveniente cambiarla por alguna menos severa. El único evangelista que nos habla algo de la segunda vista judicial es Juan diciendo que no fue al día siguiente sino tan solo unas pocas horas después de la primera vista, en el Concilio del Sanedrín, pero Juan dice que Jesús fue llevado directamente al Pretorio romano.

Caifás: el sumo sacerdote

José ben Caifás fue nombrado sumo sacerdote por Pilato en el año 18 (entonces el procurador romano tenía esa prerrogativa como gobernador que era de Judea). Ocuparía el cargo hasta el año 36. Los sucesos que narramos ocurrieron en el año 30, cuando Caifás llevaba ejerciendo su ministerio doce años. Fue la resurrección de Lázaro lo que, como decíamos antes, inició el "expediente" de Jesús de Nazaret. Caifás estaba al tanto, lógicamente, pero sería Anás, su suegro, el que más presionó para prender a Jesús y sus colaboradores. Cuando Jesús es detenido, antes de llevarle a Caifás directamente, le conducen a casa de Anás, donde recibe la primera paliza. Con lo que resulta evidente que Anás tenía cuentas pendientes con Jesús y quiso asegurarse de que recibía su merecido por si acaso el débil de su yerno le dejaba libre al no encontrar pruebas en su contra. Si esas pruebas hubieran sido evidentes, debemos pensar que Anás no habría actuado así ya que Jesús habría recibido su merecido, pero debía dudar o no encontrar testigos por lo que Anás temería que Jesús consiguiera eludir la acusación. Una vez interrogado mediante tortura, sin conseguir nada, Anás le remite a Caifás y efectivamente se produce algo que corrobora lo anteriormente dicho: Caifás ordena que lleven al preso ante Pilato. El sumo sacerdote no actúa de forma directa como un momento antes lo había hecho Anás, sino que se acoge escrupulosamente a la Ley y envía a Jesús ante Pilato. Este detalle también es muy importante. Si Caifás, que llevaba en el cargo doce años y conocía, por lo tanto, perfectamente, al procurador romano que le había nombrado además de la Ley judía, con todo ello era consciente de que Pilato no condenaría a muerte a Jesús por blasfemia. Sencillamente porque a los romanos esas acusaciones les traían al pairo. Nunca mataron a nadie por blasfemar contra el Dios de los judíos, en todo caso les haría gracia. No hay constancia documental de que Roma condenara a ningún judío a la cruz o cualquier otra pena capital por blasfemar. Y, sin embargo, si hay registros sobre todo tipo de condenas y cargos judiciales.

Así que tenemos a Caifás con dudas sobre Jesús, las que no tuvo su suegro Anás, que ordena que antes de su comparecencia ante su yerno Jesús sea conducido a su casa donde se intentaría, recurriendo a la violencia, que Jesús confesara que era un rebelde. Pero eso no sucede, Jesús aguanta la tunda de palos. Cuando llega a Caifás, éste tuvo que ver lo sucedido y aun así le remite a Pilato. Caifás, que podía haber ordenado la detención de Jesús, sin que nadie se enterara pues tenía poder para ello, y hacer que desapareciera sin más, en cambio inicia un proceso legal asegurándose de que todo se haga de forma correcta. Estas medidas, en cierto modo, protegieron a Jesús en un primer momento pues de no haberse iniciado ese proceso, Anás, con lo impulsivo que era, hubiera podido actuar por su cuenta y es evidente que ejercía influencia en los soldados del Templo, que ya fuera previo pago o por el respeto que suscitaba, le llevan antes que a nadie a Jesús a su casa. Pero con un proceso legal en marcha y escribas dando cuenta de todo, con los fariseos enterados de los detalles pues era otro partido en el Sanedrín, compuesto por 71 personas representativas del pueblo, difícilmente Anás hubiera tomado la decisión unilateral de hacer desaparecer a Jesús. Además, Caifás sabía seguramente que Pilato se desentendería del caso y al comprobar que Jesús era galileo le remitiría al tetrarca, Herodes Antipas, que por la Pascua siempre se desplazaba a su palacio de Jerusalén. El padre de Herodes, siendo rey de toda Palestina, incluida Judea, ordenó matar a casi todos los miembros del Sanedrín para cambiarles por otros sujetos más afines a su política. Anás recordaría esto y también los fariseos, como se las gastaban los reyes de la dinastía herodiana: el hermano de Antipas, Herodes Arquelao, pasó a cuchillo a miles de fariseos cuando años atrás se rebelaron.

Luego tenemos las crípticas palabras de Caifás sobre Jesús, recogidas en el Evangelio de Juan, en el capítulo once: "Entonces los principales sacerdotes y los fariseos reunieron el concilio, y dijeron: ¿Qué haremos? Porque este hombre hace muchas señales. Si le dejamos así, todos creerán en él; y vendrán los romanos, y destruirán nuestro lugar santo y nuestra nación. Entonces Caifás, uno de ellos, sumo sacerdote aquel año, les dijo: <<Vosotros no sabéis nada; ni pensáis que nos conviene que un hombre muera por el pueblo, y no que toda la nación perezca>>. Esto no lo dijo por sí mismo, sino que como era el sumo sacerdote aquel año, profetizó que Jesús había de morir por la nación; y no solamente por la nación, sino también para congregar en uno a los hijos de Dios que estaban dispersos".

¿Había urdido Caifás un elaborado plan para, de forma "legal", acabar con Jesús? ¿Quiso dar a entender al procurador romano que colaboraba entregándole a cuantos sediciosos detectara? Es posible ya que le comenta a Pilato, para robustecer su argumento contra Jesús, de que pretende erigirse en rey de Judea añadiendo que los saduceos solo acatan las órdenes del emperador y sus representantes. Pero si era así, ¿por qué Pilato se desentiende del tema, en un primer momento?

Herodes Antipas

No sabemos qué pasaba por la cabeza de Caifás pues no hay ningún documento que hable de ello, pero Jesús sería enviado por Pilato a Herodes Antipas, por ser el reo de origen galileo. El reyezuelo se burla del nazareno, de quién probablemente había oído sus andanzas y prodigios, así como sus pretensiones mesiánicas, y colocándole una lujosa túnica de color púrpura, como el supuesto rey que decía ser, le devuelve de nuevo a Pilato al comprobar como Jesús no se digna a hablar con él. Resulta curioso que Jesús hablara con todos ante quienes estuvo, pero no con Herodes, ante el que guardó silencio. ¿Por qué razón?

Herodes Antipas era un degenerado. Hijo de Herodes el Grande, que ya de por sí no debía estar muy equilibrado cuando ordenó la matanza de los niños de Belén esperando con ello acabar con la amenaza de un mesías entre ellos que le arrebatara el trono, según la profecía, en el caso de que tal masacre se produjera. No hay constancia documental de ningún tipo ni grabado en piedra ni nada que indique algo sobre esa matanza de niños menores de dos años de edad. Flavio Josefo relata muchos detalles de Herodes el Grande, incluso nimios, con lo que no sería lógico que no relatara el más ignominioso y destacado de todos. Ahora bien, Herodes el Grande sí ordenó la muerte de sus tres hijos Aristóbulo, Alejandro y Antípater e incluso le trasladó a su hermana Salomé que matara en el hipódromo de Jericó a 300 personas notables del reino en señal de duelo cuando muriera; su hermana, una vez fallecido Herodes, se negó a cumplir esa voluntad. Llama la atención el paralelismo entre la supuesta masacre de los inocentes acaecida poco después del nacimiento de Jesús y la matanza de niños en tiempos de Moisés ordenada por el faraón, pero además Jesús pasó su infancia en Egipto, según el evangelista Mateo, que es el único que habla de ello.

Jesús sabía lo que Herodes Antipas había hecho con su primo Juan, conocido como el Bautista, apresándole porque Juan le insultaba llamándole adúltero pues había tomado la esposa de su hermano Filipo del que previamente se había divorciado. Pero a ojos de Juan era una pecadora a la que no cesaba de insultar, hasta que Herodes ordena que le apresen. Ya en la cárcel manda decapitarle.

Pero cuando Jesús se encuentra ante él, observa como calla, ni siquiera le mira lo que Herodes es muy probable interpretara como temor del galileo hacia su rey por lo que le había hecho a su primo Juan. Los espías de Herodes le habrían hablado de Jesús y sus prédicas en sinagogas de Galilea durante su etapa pública que duró unos tres años, antes de viajar a Jerusalén. Así que al verle delante no perdería la oportunidad de preguntarle cosas trascendentales, sin embargo, Jesús calla. Podemos imaginar que el nazareno prefirió optar por el silencio ante lo que sabía era una falsa curiosidad de un desequilibrado. Intenta entonces Herodes ridiculizarle para comprobar si eso provoca alguna reacción en Jesús, pero tampoco le hace hablar o lamentarse de ninguna manera.

¿Por qué envió realmente Pilato el nazareno a Herodes? No tenía necesidad de ello pues quién mandaba en la Región era Roma, así que debemos pensar que a Pilato le interesaba, por algún motivo, tener esa deferencia con Herodes. Tal vez porque el tetrarca conocía en persona al emperador y eso interesaba y mucho a Pilato; recordemos que Herodes se había criado en Roma, con Calígula, que llegaría a ser emperador.

Poncio Pilato

Herodes manda de nuevo a Jesús a presencia de Pilato al no ver nada por lo que pudiera ser considerado peligroso, lo que seguramente ya sabía Pilato. Pero entonces sucede algo inexplicable. Pilato hace lo que pudiera calificarse de error de cálculo: aprovechando la deferencia que Roma tiene con Judea permitiendo la puesta en libertad de un preso con motivo de la Pascua, coloca al lado de Jesús a un tal Barrabás, un individuo que hoy calificaríamos de "terrorista". Pero la muchedumbre que presenciaba el juicio se pone del lado de Barrabás, con casi toda seguridad por haber sido comprada por los sacerdotes.

Pero también aquí hay detalles que no nos cuadran. El primero de ellos, que el procurador permitiera una concentración multitudinaria cuando estaban prohibidas, por las mismas autoridades romanas, por motivos de seguridad. Si bien, Flavio Josefo nos dice que era prácticamente imposible evitarlo durante la Pascua por la gran afluencia de gente que venía de todas partes. Así que debemos imaginar que durante estos días festivos Pilato pediría un refuerzo de Siria, donde estaba el legado romano, la autoridad imperial en la Región. Hemos dicho que Pilato tenía destacada en Jerusalén una Cohorte de algo así como 500 soldados, pero en Cesarea, donde tenía su residencia oficial permanente, contaba con otras cuatro Cohortes de infantería (unos 3.000 soldados) y un regimiento de caballería con otros 500 soldados más, si bien estas fuerzas daban seguridad a la sede romana en Cesarea y patrullaba la Provincia. Las revueltas en Judea eran frecuentes, así que cabe pensar que los refuerzos militares llegaran con asiduidad, pero no todo lo deseable para los soldados romanos por lo que la acción militar no se andaba con contemplaciones, de ahí el que si detectaban el más mínimo atisbo de rebeldía cargaran sin miramientos pues dejar crecer el foco rebelde pudiera dar lugar a que las exiguas fuerzas romanas no pudieran reducirlo si se descuidaban; por eso no permitían concentraciones multitudinarias. Pero durante aquella histórica semana se producen dos concentraciones con la asistencia de numerosas personas: la entrada triunfal en Jerusalén y el Juicio a Jesús. Con todo ello, seguimos sin explicarnos la reacción de Pilato. Tal vez, cuando observa que el Sanedrín está especialmente interesado en acabar con él, decide cambiar su primera impresión y darle muerte para evitar males mayores.

El otro detalle gira en torno a Barrabás. ¿Quién era este personaje? ¿Realmente existió? Porque lo cierto es que ese nombre no era común en aquella época, más bien es un sobrenombre: Bar Abbâ ( בר-אבא), que significa en arameo -la lengua común de la Palestina del siglo I- "Hijo del Padre", precisamente como se conocía a Jesús. Copias de los Evangelios anteriores al siglo III dan a entender que se trataba del sobrenombre de Jesús con lo que tal vez lo que Pilato pedía al pueblo aquel día del juicio público de Jesús era si querían juzgar al Jesús-Hombre o al Jesús-Hijo de Dios. Fuera como fuese, Pilato ordena la crucifixión de Jesús. Pero ¿por qué este cambio de opinión? Antes le trae sin cuidado y ahora le condena a muerte. Tal vez por la insistencia de los sacerdotes con los que prefería llevarse bien, como hemos aventuraro anteriormente. El legado de Roma en Siria ya había avisado a Pilato de que si cometía un error grave más informaría al emperador proponiendo su destitución y es que años atrás el procurador ordenó la entrada en Jerusalén de los estandartes romanos con la efigie del césar lo que los judíos consideraron un ultraje puesto que tenían prohibida la adoración de imágenes. Era una costumbre respetada por los gobernadores romanos pero que Pilato incumplió provocando una revuelta, aunque no llegaría a utilizar la fuerza por lo que acabó retirando los estandartes. Más adelante, requirió dinero del Templo para la construcción de un acueducto que llevara agua a Jerusalén y aunque la obra era un beneficio para la ciudad, el hecho de que se diera dinero de los impuestos que el Templo imponía al pueblo para una obra romana indignó a los judíos que de nuevo se rebelaron (probablemente la protesta sería porque el acueducto tardaba en construirse con la sospecha de que se estaban quedando con dinero) y en esta ocasión sí se empleó la fuerza para reducir a los manifestantes. Por ambas acciones, el legado romano en Siria le llamó severamente la atención con lo que un tercer error difícilmente se lo permitiría. Y, además, esa obra del acueducto es lo que pudo iniciar la relación económica corrupta entre Caifás y Pilato, derivando dinero de las arcas públicas que debían ir a la construcción de esa infraestructura hacia los bolsillos de los dos mandatarios. Así que Pilato andaría con tiento para no cometer otro fallo que pudiera costarle el cargo.

Pilato lleva ejerciendo como prefecto de Judea (el cargo que ostentaba) tan solo cuatro años cuando se produce el juicio y muerte de Jesús. Caifás ya llevaba como sumo sacerdote, cuando llega Pilato, ocho años. Da la impresión de que Caifás es mucho más astuto que el procurador, por lo que estamos viendo. Tendría unos 33 o 34 años cuando todo ocurrió, pero Caifás, quién llevaba ejerciendo su ministerio sacerdotal desde los veinte años, se desconoce la edad que tenía durante el proceso a Jesús, sin embargo, debía ser similar a la de Pilato o algo más joven incluso.

La tumba de Caifás fue hallada en Jerusalén hace años y data del siglo I; en ella se encontraron huesos de un hombre de unos 60-65 años de edad y una inscripción con el nombre con el que, según Flavio Josefo, era conocido Caifás. Ahora bien, hay arqueólogos que no creen que dicha tumba sea la de Caifás, como Shuka Dorfman, ya fallecido, quién fue director general de Antigüedades de Israel. En 2003 declaró a los medios que, si bien el osario hallado era real, no la inscripción. E incluso el director del equipo arqueológico que investigó el descubrimiento, Gideon Avni, llegaría a decir que la piedra del osario era más típica de la Antigua Siria que de Israel.

Se cree que el sumo sacerdote de tiempos de Jesús murió cuando se inicia la primera guerra judeoromana, en el año 66, probablemente por su amistad pasada con Roma y la corrupción de la que hizo gala; sería, por lo tanto, uno de los primeros en caer cuando los zelotes se hicieron con el poder, eliminando a los saduceos que lo habían ostentado hasta entonces. Desde luego los impuestos recaudados, en tiempos de Pilato, se los repartían y el Talmud de Babilonia despotrica contra él y toda su familia política, empezando por Anás, calificándoles de corruptos confabulando contra quiénes les eran molestos: "¡Ay de mí por la casa de Janín [Anás], ay de mí por sus cuchicheos!", (o "calumnias"). Además, cuando se destituyó a Pilato también se destituyó a Caifás, seguramente porque el nuevo gobernador comprobó la relación que había entre ambos. Dudamos que Caifás tuviera chantajeado a Pilato porque entonces éste haría lo que el sumo sacerdote le pidiera, pero no fue así, como vemos. Parecía más una relación en la que Pilato ejercía una mayor influencia, aunque consciente de que no era buena idea abusar de la confianza de Caifás. Por otro lado, Pilato estaba haciendo fortuna en Palestina, pero Caifás ya la tenía pues formaba parte de una familia adinerada. Parece más sensato pensar que Pilato, nada más llegar a Judea, se da cuenta de lo interesante que sería llevarse bien con la familia de Caifás, la más rica de la zona.

Pero continuando con el proceso judicial a Jesús, surge otra pregunta: ¿Por qué las diferencias entre el Evangelio de Juan y los otros tres? Y ¿por qué Juan no habla del juicio judío, sino que se centra en el romano de Pilato? Pareciera que Juan tuviera claro que la responsabilidad no fue de los sacerdotes judíos sino de la autoridad romana.

Según los expertos juristas que han estudiado el juicio más famoso de la Historia, sí debió existir un proceso judío que condenaba a Jesús por blasfemia ya que sus reiterados insultos a la casta sacerdotal y su desprecio a costumbres sagradas como el descanso en sábado no pudieron quedar impunes.

En la monografía de Macario Valpuesta "Jesús de Nazaret frente al Derecho. Estudio de un proceso penal histórico", publicada por la editorial Comares en Granada, en 2011, se ocupa más del análisis filológico que del jurídico propiamente dicho. Para Valpuesta, resulta clave las pistas que nos dan los Evangelios de Marcos y Juan y para explicar por qué no habla Juan del proceso judío, nos dice que probablemente fue el Sanedrín el que juzgó, pero en presencia del procurador romano, que sería quién presidiría realmente el juicio, de ahí que Juan hable del interrogatorio de Pilato a Jesús, pero no del de Caifás. En cambio, habla de que Jesús fue conducido al suegro de Caifás, Anás, lo que no menciona Marcos, que sí habla del proceso en el Sanedrín.

Otra cuestión, si Pilato no está convencido de la culpabilidad de Jesús, aunque después cambia de idea o simplemente se equivoca dando a elegir entre Barrabás y Jesús, creyendo que el pueblo tendría clara la elección de Jesús y así sortear el problema ¿por qué solo menciona este trascendental momento Mateo? Ningún otro evangelista habla de ello. Más parece un añadido posterior para exculpar a los romanos de entre los que ya se estaban captando fieles (cuando se redacta el Evangelio) para engrosar la creciente iglesia cristiana. Una posible explicación es que los patriarcas de la incipiente iglesia incluyeran ese fragmento, siendo probablemente falso, para evitar que los gentiles romanos a los que predicaban la nueva doctrina no se sintieran ofendidos o incómodos por considerárseles culpables de la muerte de Cristo por lo que se trasladó la culpa a los judíos. Recordemos que las concentraciones multitudinarias estaban prohibidas por la autoridad romana por lo que no tiene sentido que Pilato organziara un juicio público ante una muchedumbre, a no ser que no fuera tanta gente la que asistiera.

La razón por la que Juan narra los hechos de modo distinto a los otros tres evangelistas canónicos pudiera ser porque Juan estuvo presente mientras que el resto escribe de oídas. La prueba pudiéramos tenerla en el detalle de que solo en el Evangelio de Juan se hace mención de que el apóstol Juan, supuestamente el más querido de Jesús (o eso se ha dicho siempre), el más joven, fue el único que se mantuvo a su lado en todo momento, estando presente en el Sanedrín e incluso en el Gólgota cuando se le crucificó. Incluso es el que más detalles da sobre las negaciones de Pedro cuando Jesús estaba siendo juzgado, como si hubiera sido testigo de las tres veces que Pedro negó conocer a Jesús, por miedo a que le prendieran a él también. Del juicio romano, como hemos dicho, también es Juan el que más detalle da. La justicia romana permitía que cualquier persona pudiera estar presente en un juicio ya que eran públicos (pero no multitudinarios en un escenario al aire libre), así que Juan debió estar entre los presentes. No los otros tres evangelistas cuyos detalles son más escuetos.

Incongruencias e irregularidades jurídicas

Otro detalle que nos llama la atención sobre lo poco que coinciden los Evangelios sinópticos (Marcos, Lucas y Mateo) con el de Juan es en la figura de Simón de Cirene. Según los primeros es quién transportó la cruz hasta el Gólgota pues Jesús estaba exhausto y los soldados romanos le ordenan a él, que asistía como un espectador más al vía crucis, a llevar la cruz. ¿Es normal esto? ¿Se hacía lo mismo con el resto de condenados? Si alguno de ellos no podía cargar la cruz, lo cual era perfectamente posible, pues pesaba mucho y sus cuerpos estaban castigados por la flagelación previa, ¿los soldados romanos señalaban a cualquiera de los curiosos para que portaran el pesado madero? No tiene sentido puesto que ello habría motivado que nadie se acercara a ver la procesión de los reos por temor a que les escogieran para llevar la cruz si alguno caía. Entonces, ¿es falso que había personas contemplando a los condenados avanzar hacia su muerte? Lucas dice que Simón venia del campo en ese momento, por lo que tal vez se viera sorprendido por el acontecimiento y tuviera la mala suerte de que le cogieran al no haber nadie más cerca. Además, los evangelistas dicen de Simón que era el padre de Alejandro y Rufo. ¿Quiénes eran estos personajes? ¿Por qué se les menciona? Debió ser porque eran conocidos hasta el punto de que no era necesario decir más sobre ellos, pues el público hacia el que se escribieron esos Evangelios les conocían de sobra. Pero, entonces, ¿por qué Juan no les menciona? A ninguno de los tres: ni a Simón ni a sus hijos.

Se nos dice que dos ladrones fueron crucificados con Jesús, ¿acaso eran los hijos de Simón? Porque ello hubiera sido más lógico para explicar la presencia de Simón, procedente de la Cirenáica (norte de África) en ese momento y lugar, sin ser de Palestina. Pero la crucifixión estaba reservada para criminales, esclavos, piratas o rebeldes, no para simples ladrones. ¿por qué entonces crucifican a los dos ladrones junto a Jesús? A no ser que fueran esclavos rebeldes, hijos de Simón, que sería una buena explicación al por qué se encontraba tan lejos de su tierra y además se le humillara debiendo transportar la cruz en la que después se clavarían sus hijos, lo cual estaría obligado a presenciar. De hecho, la crucifixión estaba considerada el castigo más humillante porque no solo eran flagelados antes (aunque no siempre) sino que eran crucificados completamente desnudos, dando igual si eran hombres o mujeres. Pero los nombres de los crucificados al lado de Jesús que han trascendido no son Alejandro y Rufo sino Dimas y Gestas, aunque Juan solo menciona a las dos personas crucificadas junto a Jesús, pero sin más datos; en cambio, los Evangelios sinópticos y algún evangelio apócrifo aportan más información, aunque muy escueta en el caso de los sinópticos. Sería de los apócrifos de los que obtenemos sus nombres y algún dato más y se cree que no era así como se llamaban sino que de nuevo estamos ante sobrenombres posteriores. De Gestas se dice que era un salteador de caminos y un sanguinario, lo que sí justificaría su crucifixión y de Dimas, en el apócrifo Protoevangelio de Santiago, se menciona el comentario que José de Arimatea hace de Dimas, diciendo que también era galileo, como Jesús, y dueño de una posada. Atacaba solo a los ricos, pero no les dejaba en la cuneta, sino que enterraba sus cadáveres demostrando respeto, lo que no hacía Gestas que se ensañaba con sus víctimas. Dimas llegaría a robar en el Templo de Jerusalén e incluso arrebató la ropa a la hija de Caifás, dejándole desnuda en público lo que probablemente ocasionaría su condena a muerte, por pura venganza.

Según Ribas, no hubo conspiración. Ya antes hubo otros supuestos mesías, incluso alguno provocó algún atisbo de rebeldía, no en cambio Jesús, que lo evitó a toda costa. Entonces ¿qué hacía diferente a Jesús de esos otros pretendidos mesías?

El propio Ribas nos habla de otro Jesús posterior, absuelto en el año 62, y que también predicaba el fin de la autoridad sacerdotal pero que según Flavio Josefo sería absuelto al considerársele un loco. Claro que el gobernador de Judea es otro distinto a Pilato y seguramente sepa los errores que cometió su antecesor por los que fue destituido. Así que no se arriesga a pasar por lo mismo y restando importancia al Jesús, Hijo de Ananías, del año 62, le deja en libertad después de azotarle.

Tenemos también el detalle de Judas Iscariote, otra ilegalidad a los ojos de la Ley judía, pues estaba prohibido urdir la culpabilidad de alguien utilizando a un cómplice para que facilitara la acusación. La Ley de Moisés dejaba claro que debía existir certeza clara de la culpabilidad, que el debate que generara fuera público pudiendo participar cualquiera que tuviese algo que alegar en defensa del acusado (y no como se hizo con Jesús, de forma reservada, no teniendo nadie, salvo los sacerdotes convocados, conocimiento de lo que estaba pasando). Se dictaba libertad para el acusado mientras no se demostrara su culpa, lo que evidentemente tampoco sucedió en el caso de Jesús (o que mientras estuviera detenido se le protegiera). En cambio, a Jesús le agredieron incluso delante de los sacerdotes. Éstos no podían acusar de nada a Jesús porque la Ley dejaba claro que debían ser testigos presenciales los que denunciaran los hechos por los que se le acusaba y no el propio Sanedrín; el órgano sacerdotal investigaba las denuncias que se presentaran y dictaba sentencia, pero no denunciaba. Por otro lado, entre los jueces no podía haber ni parientes o amigos ni tampoco enemigos que pudieran influir en la decisión del alto tribunal y como vemos existía una clara animadversión hacia Jesús. Recordemos que a Jesús le torturan para arrancarle una declaración en el Sanedrín, golpeándole mientras le preguntan. El gran teólogo judío Maimónides lo recogió en su recopilación de la Mishná que tradujo al árabe, llegando a través de al-Andalus a Occidente: "Sostenemos, como principio fundamental de nuestra jurisprudencia, el hecho de que nadie puede presentar una acusación contra sí mismo. Si un hombre confesare un delito ante un tribunal legalmente constituido, tal confesión no ha de usarse contra él a menos que sea debidamente confirmada por dos testigos más. No sólo nunca se arranca al procesado una condenación contra sí mismo por medio del tormento, sino que jamás se intenta incitarlo a que se declare culpable. Además, no se admite como evidencia una confesión voluntaria de su parte, y por lo mismo, carece de competencia para establecer la culpabilidad del confesado, a menos que un número legal de testigos corrobore minuciosamente su autoacusación".
Cuando Caifás se rasga las vestiduras, lo que por cierto tan solo recoge el Evangelio de Marcos, ninguno más, es algo que difícilmente pudo ocurrir puesto que las ropas que llevaba el sumo sacerdote en el ejercicio de su cargo eran sagradas y la Ley judía prohibía terminantemente rasgarlas pues sería considerado un sacrilegio (como recoge el Libro Levítico, en su capítulo 21). Tan preciadas eran que el procurador romano las tenía guardadas en la Fortaleza Antonia, como si fuera un secuestro de la uniformidad sagrada del sumo sacerdote, siéndoles devueltas de forma temporal, para que las luciera, solamente en festividades tales como la Pascua. Así que, primero, un objeto tan preciado no iba a romperlo el sumo sacerdote, pues después hubiera tenido que dar explicaciones a Pilato, pero, además, segundo, ¿con qué valor acusaría a alguien de blasfemia si rasga sus vestiduras, algo considerado un sacrilegio? Por otro lado, los que verdaderamente cometieron blasfemia fueron los sacerdotes cuando pronuncian la famosa frase ante Pilato: "No tenemos más rey que César", relegando a Dios a un segundo plano.

Un asunto de gran importancia: ¿quién ejerció la defensa de Jesús? Porque la Ley ordenaba que alguien le defendiera. ¿Fue acaso José de Arimatea?

José era un hombre rico con minas de plomo y estaño lo que le confería una gran influencia y según los Evangelios uno de los pocos que le defendió. ¿Por qué enemistarse con el todopoderoso Caifás y con el influyente y también rico Anás? Debía tener mucha influencia y dinero como para atreverse a algo así. Incluso se dirige a Pilato al que pide el cadáver de Jesús (en el Evangelio apócrifo de Pedro se dice que lo solicitó justo antes de su crucifixión) y lo entierra en una cripta de su propiedad, como si de alguien de gran importancia se tratara o tuviera un vínculo fuerte con él, tal vez de parentesco. Las consecuencias para José fueron desastrosas pues sería encarcelado y vejado, si bien es una información que recoge el Evangelio apócrifo de Nicodemo, también llamado "Actas de Pilato", datado en el siglo IV. ¿Era Jesús alguien destacado hasta el punto de que un prominente hombre de negocios arriesgara todo su patrimonio y prestigio por él? O acaso su mensaje caló tan hondo en José que le hizo actuar de ese modo. Esto último es poco probable porque José actúa sin esconder sus simpatías hacia Jesús, con lo que debía existir un fortísimo vínculo entre José y Jesús, claro que anteriormente sí oculta su admiración hacia el nazareno, como nos dice Juan en su Evangelio. Pero todavía más importante es Nicodemo, que según el evangelista Juan es el principal de los sacerdotes, no por ser el jefe sino el más respetado por su sabiduría. Dato curioso: el único que menciona tanto a Lázaro como a Nicodemo es Juan, ninguno de los otros evangelistas. José de Arimatea y Nicodemo donan nada menos que treinta kilogramos de mirra y áloe (muy preciados en la época) para la sepultura de Jesús. ¿Quién era Jesús realmente como para que dos insignes miembros del Sanedrín se posicionaran de su lado? Uno de ellos, Nicodemo, era además el líder del partido fariseo en el Sanedrín y por lo tanto de gran poder. Tal vez esto explique por qué Caifás y Anás convocan por la noche el concilio para juzgar a Jesús, porque saben que no cuentan con la mayoría de los miembros del Sanedrín que es lo que estipula la Ley para juzgar a muerte a alguien; seguramente la mayor parte de los sacerdotes se posicionan al lado de Nicodemo y José de Arimatea. Así que Caifás actúa con nocturnidad y alevosía a sabiendas de que si el proceso sigue sus cauces regulares no tendrá el efecto que espera. Por cierto, el Evangelio apócrifo de Nicodemo deja en buen lugar a Pilato dando a entender que actuó por presión, no por convicción. Pero no termina de sostenerse este argumento, a favor de Pilato, probablemente un añadido posterior para exonerar a los romanos de la muerte de Jesús, pues el Evangelio de Nicodemo se escribe cuando la religión cristiana es aceptada por el Imperio Romano como oficial del Estado. Si Pilato hubiera sido más condescendiente no habría castigado de la forma que lo hizo a Jesús ya que no siempre la flagelación precedía a la crucifixión, solo en los casos de máxima rebeldía o más graves como escarmiento. A Jesús incluso se le colocó una corona de espinas y el madero que transportó hasta el Gólgota debió pesar no menos de cincuenta kilogramos, teniendo en cuenta que debía soportar un cuerpo humano colgado durante días. Por la misma razón, los clavos (hay constancia arqueológica del tamaño de los mismos de otras crucifixiones) medirían 12-13 centímetros de largo y 3-4 de diámetro. No es lo que puede entenderse como "lavarse las manos" ya que Pilato pudo hacer mucho a favor de Jesús y en cambio no actuó en su defensa permitiendo las irregularidades que se cometieron de las que tuvo que tener conocimiento ya que era el único con poder para ordenar una ejecución a muerte.