Jaime I, el conquistador

14.04.2017

Hijo de Pedro II el Católico que fue rey de Aragón entre 1196 y 1213 y de María de Montepellier, tal vez fue de su padre de donde le vino su afición por participar en cruzadas y aventuras de caballeros ya que Don Pedro estuvo nada menos que en la famosísima batalla de las Navas de Tolosa, que marcó un antes y un después en el curso de la confrontación entre musulmanes y cristianos en la Península Ibérica. Cuatro años antes participó defendiendo a sus súbditos albigenses en el Languedoc, en 1208 muriendo cinco años después en Muret, defendiendo su territorio de las incursiones cruzadas. Tal vez Pedro II participó en Las Navas para ser perdonado por el Papa ya que le amenazó con excomulgarle si seguía protegiendo a los herejes albigenses.

Su hijo, Jaime, nació en la ciudad de su esposa, Montpellier, siendo hecho prisionero por Simón de Montfort que capitaneaba las huestes cruzadas en el Languedoc y que batalló contra su padre. Finalmente fue entregado a los catalanes ya que el Papa medió a petición de varios nobles aragoneses.

Su interés por las causas caballerescas nacería al vivir durante años, siendo menor de edad, en el castillo de Monzón, emplazamiento templario. Sería a la edad de veinte años cuando recibe la corona de Aragón, batallando primeramente con algunos nobles de su reino. En 1229 se lanza a la expansión de Aragón en una de las labores conquistadoras más importantes de la Edad Media europea. Primero caerían las Islas Baleares, después Valencia y posteriormente Murcia, si bien esta última se la cedió al rey de Castilla Fernando III el santo aunque en las negociaciones no participó el monarca castellano sino su hijo, Alfonso, que reinaría con el nombre de Alfonso X el Sabio. Como vemos, una época de grandes reyes y de conquista idónea para los ideales caballerescos. El Tratado de Almizra, en 1244, puso fin a las disputas fronterizas entre los dos grandes reinos ibéricos.

Pero Jaime era un hombre inquieto y decidió continuar su expansión por el Mediterráneo, utilizando para ello a los excelentes marinos catalanes, dominando las rutas comerciales del Mediterráneo Occidental.

Todavía pudo ver el lamentable espectáculo de la disputa con sus hijos y entre ellos, su primogénito Alfonso, heredero de la Corona de Aragón, recurriendo al rey de Castilla para que mediara con su padre pues reclamaba también el reino de Valencia.

En 1258 Jaime I pacta con el rey de Francia, Luis IX, la renuncia de éste a los condados catalanes a cambio de que los condes dejaran de hacer lo propio reclamando el Languedoc y la Provenza.

Su hijo Alfonso, el que se quejó de su testamento, muere en 1260 por lo que Jaime redistribuye sus territorios entre sus otros dos hijos pero una rebelión musulmana en Murcia obliga al rey de Castilla, suegro por entonces de Jaime I, a pedir la ayuda de su yerno y éste vuelve a conquistar el reino pero se lo entrega nuevamente a Don Alfonso de Castilla, el hijo de Fernando III. Sin duda, Jaime era un hombre de palabra. Podía haberse quedado con Murcia pues demostró su potencial militar a los castellanos, pero lejos de iniciar otro conflicto cumplió lo pactado en Almizra 22 años atrás. Incluso se desentendió de Navarra, con cuyo rey firmó también otro pacto de colaboración mutua, pero su expansión por el Mediterráneo Occidental y su campaña murciana le hicieron olvidarse de este reino norteño cuando Navarra se encontraba asediada por Castilla, o tal vez fue su compromiso familiar con los castellanos.

En el norte de África no se recordaba una política de injerencias por parte de un reino hispano desde la época del Califato de Córdoba. Jaime I consiguió someter a tributo a los reinos de Marruecos, Tremecén y Túnez

Organizó una cruzada a Jerusalén pero el mal tiempo le obligó a refugiarse junto a su flota de casi cuarenta navíos cerca de Montpellier, renunciando a la idea de viajar a Tierra Santa poco después.

Sus últimos años fueron los peores pues llegó a vivir una guerra civil nobiliaria muriendo un mes después de su fracasada campaña contra los mudéjares valencianos. Pero si la Corona de Aragón tomó conciencia de sí misma como entidad nacional fue precisamente bajo el reinado de Jaime I, de ahí que haya sido tan venerado en la zona. Normalizó las leyes de sus reinos y convirtió sus Cortes en verdaderos órganos de cohesión. Cada reino tenía sus propios fueros: los de Aragón, los Usatges catalanes y los Foris et consuetudines en Valencia, lo que supuso las quejas de la nobleza aragonesa que no entendía como si eran el corazón del reino no ejercían su poder institucional en los otros territorios que había conquistado su soberano. Jaime I sencillamente respetó las costumbres de cada reino y así lo dejo claro en su testamento, dejando a un hijo Aragón y Valencia y a otro Mallorca (constituida como Reino) y los condados catalanes.

Su obra literaria es un reflejo de la gran cultura del rey y de su amor por las artes y las letras. Su obra Llibre dels Feits es la primera gran crónica catalana medieval. Fue en Barcelona, precisamente, donde estableció su capital, al estar cerca de todos sus reinos pero tampoco esto lo entendieron en Aragón donde pensaban que el rey les subestimaba a favor de los mercaderes catalanes, por aquel entonces tan influyentes e importantes como los italianos (el rey instituyó la moneda conocida como "tern", demostrando ser también un hábil hombre de negocios). Evidentemente esto supuso que durante siglos, Jaime I fuera muy mal visto en Aragón pero endiosado casi en Barcelona, Valencia y sobre todo en Mallorca.

Sus restos reposan en Poblet pero estuvieron también durante un tiempo en Tarragona.