La era de los Reyes

13.05.2017

Con la muerte de Fernando de Aragón, Carlos de Habsburgo se convierte en rey de Castilla y Aragón heredando el imperio de los Reyes Católicos con tan solo 17 años de edad. Tres años después sería el emperador del Sacro Imperio Romano Germánico al fallecer su abuelo paterno, Maximiliano. Por este nombramiento se le conocía como el "césar" pues consiguió emular el recuerdo de los antiguos césares romanos. De hecho, escribir sobre Carlos requiere echar mano de fuentes en cinco idiomas: alemán, español, latín, holandés y francés. Pocos soberanos fueron tan influyentes como para que escribieran tan ampliamente de ellos en los principales reinos de su época, pero Carlos fue el hombre más destacado de su tiempo y uno de los más poderosos de la Historia de la Humanidad. Sin embargo, el reino que hizo posible ese enorme poder, Castilla, fue también el más olvidado por su rey.

Carlos venía de los Países Bajos e impuso a sus consejeros en la Corte de Castilla lo que provocó la revuelta de los nobles de las comunidades urbanas más florecientes al sentirse amenazados por la creciente influencia de los borgoñones, pero el ejército imperial acabaría derrotándoles. Decimos ejército "imperial" que no español puesto que el concepto "España" no estaba del todo definido, ni siquiera se veía en la documentación oficial el nombre de España ni Carlos llegaría nunca a nombrarse rey de España. Él se consideraba soberano de muchos Estados distintos siendo el nexo de unión el emperador. En la Península Ibérica, a pesar de haber reinado durante décadas los Reyes Católicos sobre toda la Península, los castellanos consideraban extranjeros a los aragoneses y viceversa. Pero en líneas generales, Carlos consiguió que prácticamente todos los cronistas tanto castellanos como aragoneses (y de sus otros reinos) escribieran bien sobre su reinado siendo las críticas muy escasas.

A pesar de que siempre se ha creído que desde un principio Castilla soportó el peso financiero de las guerras que el césar Carlos emprendía en Europa, lo cierto es que fueron los Países Bajos y el reino de Nápoles los que más dinero aportaron después de los derrotados imperios azteca e inca, en América. De las minas americanas llegaba metales preciosos en cantidades increíbles y fue ese oro y esa plata los que realmente financiaron las campañas bélicas de Carlos y no las arcas públicas castellanas. Pero los conquistadores de dichos imperios eran castellanos y el fruto de sus conquistas y sacrificio no benefició a Castilla sino al emperador.

Se ha dicho también que se embarcó en conflictos religiosos involucrando a los reinos españoles en ellos cuando hasta ese momento permanecieron ajenos, pero en esa época se confundía la religión con la política: la propia Iglesia tenía territorios en torno a Roma y un ejército que los defendía. Y, por otro lado, involucró más a los alemanes que a los españoles en esas guerras pues los dos bandos eran los católicos liderados por los enviados del Papa y los protestantes de Lutero en Alemania.

Los españoles, sencillamente, quedaron impactados y maravillados por el boato de Carlos siendo todavía un adolescente cuando en 1517 entra en la capital castellana, Valladolid, o digamos mejor donde se encontraba entonces la Corte que era itinerante. El séquito del nuevo rey estaba formado por 6.000 hombres a caballo, 300 de los cuales lucían trajes bordados en oro y otros tantos ricas sedas o terciopelo dorado o carmesí con grandes medallones de oro. El propio Carlos llevaba una coraza, guardabrazos y guantes y en su cabeza un gorro de terciopelo negro con una pluma blanca de avestruz.

En este momento, la tensión entre Francia y España es máxima, pero comenzó con el reinado de los Reyes Católicos que decide aliarse con los Habsburgo para asfixiar al reino francés rodeándoles. Digamos que las dos superpotencias del momento en Europa eran Francia y España, pero en realidad es una "guerra fría" la que disputan, como siglos después harían los Estados Unidos y la Unión Soviética, dirimiendo sus diferencias en otros escenarios para evitar una confrontación directa que les habría destruido mutuamente. En el caso de España y Francia en el último cuarto del siglo XV y primeras décadas del XVI, el escenario bélico era Italia. Allí mandaron sus respectivos ejércitos para adquirir influencia en Europa ampliando sus territorios o bien buscando el apoyo de los ricos Estados italianos y por supuesto del Papa, quién ejercía una gran influencia en todo el continente como "rey de reyes" en su calidad de vicario de Cristo.

Carlos V en la batalla de Mühlberg (Tiziano)
Carlos V en la batalla de Mühlberg (Tiziano)

La rivalidad entre Carlos I de España (V de Alemania) y Francisco I de Francia arrastraría a otro magnífico prohombre de la época, el sultán Solimán, soberano del Imperio Turco Otomano con quién se alió el francés. Y un Enrique VIII de Inglaterra que jugaría a dos bandas para garantizar la supervivencia de su pequeño reino.

Pero el principal conflicto, al que se unirían unos u otros repartiéndose entre los dos bandos, fue el que enfrentó a Carlos I de España con Francisco I de Francia. Aunque las dos familias dinásticas ya estaban enfrentadas de antes, pues los Reyes Católicos, en especial Fernando de Aragón, tenía un conflicto abierto con el rey francés, dicha disputa sería heredada por el nieto de Fernando y del emperador Maximiliano, abuelo paterno de Carlos. El momento álgido de la animadversión mutua que se tenían llegó cuando Fernando se alía con los Habsburgo para rodear a Francia y para colmo, el trono imperial recae en Carlos de Habsburgo. Corre el año 1520.

Enrique VIII (Hans Holbein el Joven)
Enrique VIII (Hans Holbein el Joven)

Francisco I y Enrique VIII de Inglaterra eran también candidatos al trono imperial ya que al primero le daría hegemonía sobre el resto de los reinos europeos y en especial sobre los Habsburgo y al segundo influencia tal que le valdría para no tener que buscar alianzas con otros monarcas. Pero Carlos consideraba que tenía derechos legítimos pues su abuelo paterno era el emperador anterior sin embargo los reyes francés e inglés alegaban que no fue coronado por el Papa. Este detalle pudiera parecernos una nimiedad, pero entonces tenía una gran importancia ya que el sumo pontífice en su calidad de vicario de Cristo era quién legitimaba verdaderamente la corona imperial. Sin embargo, al joven Carlos esa cuestión teológica no le inquietaba por lo que buscó a quiénes financiaran su "compra" del trono recurriendo al oro de Castilla y sobre todo a los banqueros alemanes. El dinero llegaría a los príncipes alemanes que eran quiénes elegían al nuevo emperador y de este modo Carlos I de España se convertía también en Carlos V de Alemania y el hombre más poderoso de su época.

Francisco I (Jean Clouet)
Francisco I (Jean Clouet)

Francisco, aunque desmoralizado, decidió continuar con la rivalidad engalanando su Corte con todo tipo de refinamientos para dejar claro a los embajadores de los demás reinos que él era, en realidad, el monarca con más influencia y su reino el que más brillaba. Para ello se rodeó de los principales artistas del momento: pintores, escultores, arquitectos; llegaría a contar con el gran Leonardo Da Vinci lo que le garantizaba fama internacional. La famosa Gioconda se encontraba inicialmente en el cuarto de baño del rey. Pero Francisco había quedado impresionado con el poder de convicción y estrategia del jovencísimo Carlos que, contra todo pronóstico, encontró el dinero necesario para "convencer" a los príncipes electos alemanes. Si quería llevar a cabo su venganza debía reestructurar las finanzas francesas para poder pagar la que sin duda sería muy costosa campaña bélica contra los ejércitos imperiales. Así, al frente de un enorme ejército de 36.000 soldados, bien pertrechados, el rey Francisco se dirige a Italia donde desde hacía décadas guerreaba contra España por el dominio de la Península Itálica. Ambos reinos sabían que el que consiguiera más territorios en Italia o mayor influencia, siendo el lugar donde residía el Papa, conseguiría la preponderancia en Europa. Pero Francisco había sido derrotado por los españoles en Bicoca y Sesia en 1522 y 1524, respectivamente. Necesitaba una victoria importante que compensara las derrotas; fijaría su objetivo en el Ducado de Milán.

Pavía era una ciudad fortificada a la que se dirigió el pequeño ejército germanoespañol de 7.000 soldados al mando del español Antonio de Leyva al enterarse de que un impresionante ejército francés había entrado en Italia. Francisco sabía que si Pavía era tomada todo el Milanesado caería en sus manos al ser eliminado el ejército que lo defendía. Pero Francisco no tuvo en cuenta que Leyva conocía el terreno como la palma de su mano pues llevaba batallando en Italia desde la época de Gonzalo Fernández de Córdoba, conocido como el Gran Capitán y gozaba de gran prestigio por ello. Y Leyva cumplió con lo que se esperaba de él: resistió el ataque de la caballería francesa a la que enfrentó a sus arcabuceros quiénes consiguieron resistir lo suficiente hasta la llegada de los refuerzos pero el sitio francés fue terrible. La guarnición de Pavía dudaba que pudieran resistir si no llegaban pronto los refuerzos. El hambre, las enfermedades y las quejas de los mercenarios que no recibían su salario a punto estuvieron de perder la plaza. Los arcabuceros españoles dijeron que continuarían con la defensa incluso sin cobrar y esto fue lo que descuadró a Francisco que no contaba con tal persistencia. El rey francés decide entonces dividir su enorme ejército para que distintos contingentes se dirijan a otras ciudades de Italia para conquistarlas cuanto antes y evitar su defensa por parte de España, que era el plan original: reducir al pequeño ejército hispanoalemán que se movía por Italia y conquistar las principales ciudades en una invasión relámpago. De este modo, para cuando España reaccionara, las fuerzas francesas estarían bien situadas y dispuestas para recibir refuerzos si fuera necesario. Pero el sitio de Pavía se alargaba con lo que dio tiempo a que el ejército imperial se reorganizara y recibiera refuerzos procedentes de Alemania aunque formado por 19.000 soldados tanto alemanes y austriacos como españoles e italianos comandados por el Marqués de Pescara.

Cuando los franceses comprobaron la que se le venía encima ya era demasiado tarde para reaccionar: 10.000 soldados franceses y suizos murieron en la batalla y otros 3.000 fueron hechos prisioneros, incluyendo el propio rey francés. Éste se vio obligado a firmar el Tratado de Madrid por el que renunciaba al Milanesado, Génova, Borgoña, Artois y Flandes, después de pasar un año cautivo en Madrid. Claro que se trató de una jaula de oro en la que no faltaban las cacerías y buena vida. Intentó escaparse ya que no dejaba de ser algo indigno para él estar en manos de su enemigo, pero le fue inútil por lo que finalmente accedió a ofrecer a sus dos hijos mayores como garantía a cambio de regresar a Francia; tal fue su cobardía que prefirió exponer a sus hijos antes que soportar él la indignidad de ser preso de su gran enemigo, el emperador Carlos. Pudo más su orgullo que su obligación familiar hacia sus hijos. Su heredero, el futuro rey de Francia Enrique II, odiaría de tal modo a España por la afrenta que juró venganza eterna y así fue nada más llegar al trono francés, una vez muerto su padre, convirtiendo en principal objetivo de su política exterior la derrota del hijo del emperador Carlos, el rey de España Felipe II, ya en la segunda mitad del siglo XVI. Un odio heredado de su padre. Hasta tal punto llegó la animadversión que Francisco profería a Carlos que el francés se aliaría con el enemigo de Europa, el sultán Solimán, que amenazaba a todo el continente desde sus posesiones en Hungría. Esta alianza sería vista por muchas Cortes europeas como una traición causa de la obsesión que Francisco tenía por el emperador Carlos. El Papa le negaría derechos sobre América por lo que en una carta de Francisco puede leerse: «El sol luce para mí como para otros. Querría ver la cláusula del testamento de Adán que me excluye del reparto del mundo y le deja todo a castellanos y portugueses».

Mientras tanto, el Imperio de Carlos de Habsburgo crecía. Las crónicas que le llegaban a Francisco en su Corte señalaban al emperador como el más grande de los gobernantes que ha dado la Historia solo comparable con Alejandro Magno o los principales emperadores romanos.

En realidad, el enfrentamiento entre Francisco y Carlos era el de dos Casas familiares importantes, la de Saboya y la de Habsburgo. El padre de Francisco era de la Casa de Orleans y su madre de la de Saboya si bien él era miembro de la rama familiar de Angulema, por parte de la Casa de Orleáns. Pero la Casa de Saboya era aún más antigua y por aquel entonces más importante e influyente que la de Orleans y desde luego la unión matrimonial entre los padres del rey Francisco, Carlos de Orleáns y Luisa de Saboya sería una boda de Estado que encumbraría aún más a la segunda, aunque sería el siglo XVI el que vería el comienzo de su decadencia pues los Habsburgo se cruzaron en su camino y ante el empuje de los germanos poco pudieron hacer.

La obsesión del rey Francisco

El rey Francisco estaba obsesionado con la idea de vencer de algún modo al emperador Carlos, pero resultaba una tarea ardua difícil. El rey de España y emperador de Alemania era un buen estratega, tenía un inmenso poder y una enorme influencia por lo que resultaba un enemigo muy difícil de batir y conseguir aliados contra España y la Casa de los Austrias era casi imposible ya que contaban con enormes riquezas procedentes de América con las que pagaban a sus acreedores regularmente. Nadie osaba en la primera mitad del siglo XVI decir o hacer nada que pudiera molestar al emperador y mucho menos desde que saqueara con sus tercios Roma, la ciudad sagrada, sede de los Papas, lo que causó tal estupor que Francisco no pudo sino seguir su enfrentamiento sólo.

A raíz del descontento de Enrique VIII con el emperador Carlos al romper éste su tratado con Inglaterra, Francisco intentó una alianza con Enrique, pero fracasó igualmente ya que no dio los frutos esperados. En Italia, los tercios imperiales campaban a sus anchas de un lado para otro y los franceses salieron muy mal parados de sus enfrentamientos con esos salvajes de tantas nacionalidades distintas que componían el ejército imperial: españoles, alemanes, belgas... Más valía no cruzarte en su camino si no habían recibido a tiempo su salario porque su reacción era impredecible.

Francisco intentaba olvidarse de sus fracasos en el campo de batalla contemplando la obra de sus admirados y protegidos artistas a los que veneraba: Leonardo da Vinci, Cellini (éste se encontraba en Roma durante el saqueo y sabemos bastante de lo ocurrido por su relato posterior), Budé, Rabelais... Sin duda, la Corte de Francisco I fue el centro del humanismo y esto Carlos I de España lo sabía por lo que rivalizó con Francisco en este campo sin éxito ya que a pesar de todo el poder imperial, Francisco obtuvo su gran victoria en el mecenazgo de las artes. Pero el reino estaba amenazado. Los dominios imperiales rodeaban a Francia casi ahogándola. En el interior, las finanzas entraban en crisis ya que no contaba con la riqueza de España y el boato de la Corte, con el que causar envidia al emperador, costaba mucho dinero, sin embargo Francisco hizo alguna que otra cosa bien: sustituyó el latín por el francés como lengua oficial del reino y no le prestó demasiada atención a la Iglesia aunque era consciente del poder de la misma por lo que no le dio del todo de lado, incluso la defendió del ataque de los calvinistas. Con respecto a la lengua oficial del Estado, el francés era el idioma hablado en la práctica pero aún se utilizaba el latín para documentos oficiales y actos institucionales lo que resultaba absurdo ya que pocos lo entendían.

Las sucesivas guerras con España supusieron una sangría económica que el reino no podía soportar a pesar de haber sido su monarca, Francisco, hecho prisionero por el emperador, pero, aun así, Francisco era un hombre rencoroso que no olvidaba y siguió batallando en todos los frentes a Carlos. Cuando se enfrentaron por primera vez, Francisco tenía 22 años y Carlos tan solo 16, siendo éste archiduque de Flandes. Al rey de Francia Carlos le resultaba insolente y había que darle una lección, pero Francisco no contó con que Carlos de Gante había recibido una excelente preparación y estaba dotado de una gran valentía y astucia. Tres años después, Carlos estaba en el apogeo de su poder tanto terrenal como personal: creía en un proyecto universal en el que él podría ser el rey del Mundo ya que todo parecía indicar que el Imperio Romano resurgía en la figura del emperador que había alcanzado el trono imperial a los 19 años. Francisco, por su parte, era impetuoso, aventurero, deportista y muy ambicioso, con lo que el carácter de ambos les animaba al enfrentamiento y Europa, en la primera mitad del siglo XVI se dirimía entre el apoyo a Carlos o a Francisco. Al emperador le tenían miedo y a Francisco respeto, pero eran los dos poderes en la época y había que decantarse. Cuando el rey de Francia conquistó el Milanesado, desbaratando los planes de la Liga formada por Inglaterra, Austria, los Estados Pontificios y Flandes, Europa creyó que estaban ante el nuevo poder y que ya nada frenaría a Francia. Así debió de creerlo también Francisco pues presentó su candidatura al trono imperial tan solo tres años después, pero la rivalidad entre Carlos y Francisco era ya patente. El rey de Francia estaba avalado por sus éxitos militares, era seis años mayor que Carlos y poseía dinero procedente de sus campañas para sobornar a los electores sin embargo hacía falta aún más y los banqueros alemanes no eran fáciles de convencer con un rey de España crecido que sacaba dinero de no se sabía dónde (las Cortes de Castilla y Aragón le dieron 800.000 ducados y además contaba con la ayuda del banquero Jacobo Fugger). Francisco estaba desesperado. Si Carlos conseguía el trono imperial sería el fin de Francia. Había que impedirlo, pero al final resultó imposible y Carlos, ya nombrado emperador, reinició sus contiendas con Francisco pues no había olvidado su derrota en Italia como tampoco olvidó que el Papa le permitiera a Francisco nombrar a los obispos franceses a su real criterio. Esta situación iba a acabar; el emperador se lo había propuesto y casi nada tenía importancia para él excepto ahogar a Francia y a su arrogante monarca, Francisco. Otras cuestiones quedaron de lado, como las infraestructuras que Castilla necesitaba o los desmanes que se decía llevaban a cabo las huestes españolas en las Indias occidentales. Lo importante era eliminar al gran enemigo, Francisco.

El odio era mutuo, sobre todo desde que Carlos le arrebatara a Francisco la posibilidad de ser coronado emperador (lo que también cabía esperarse pues su familia, los Austrias, estaban muy bien situados en este sentido).

 La Batalla de Pavía (Bernard Van Orley)
La Batalla de Pavía (Bernard Van Orley)

En la primera guerra con España, Francisco pierde el Milanesado, Parma, Piacenza, Génova y Pavía. Además, sufrió la traición de su consejero, de la familia de Borbón e incluso el rey fue apresado, siendo conducido a Madrid donde permaneció durante casi un año hasta ser convencido de firmar un tratado por el que cedía ante el emperador los derechos en Italia, Borgoña y Tournay e incluso aceptaba casarse con la hermana de Carlos, Leonor. Pero en cuanto llegó a Francia, ofendido por la humillación sufrida, volvió al ataque organizando la Liga Clementina, llamada así porque también la formaba el Papa Clemente VII, junto con Enrique VIII, dolido por el trato recibido por el emperador (la razón pudo ser las cartas que la reina de Inglaterra, tía del emperador, enviaba a su sobrino informándole del desprecio con que era tratada por su marido y de las verdaderas intenciones de Enrique que no eran más que conseguir influencia en Europa). Enrique VIII tenía 35 años cuando se unió a la Liga Clementina contra el emperador y Francisco I la edad de 32. Cercanos en edad veían a Carlos, con tan solo 26 años, excesivamente arrogante, sin embargo, eran tres jóvenes ambiciosos que lucharon entre ellos por el control de Europa en una aventura como pocas ha vivido el viejo continente, porque para ellos era eso, una aventura personal. El propio Enrique osó separarse de la Iglesia creando la suya propia sino se le permitía divorciarse siendo finalmente excomulgado, lo que le dio igual; era deportista y ambicioso como Francisco y Carlos. El mundo no existía, solo el enfrentamiento entre los tres jóvenes monarcas y sus ambiciones personales, una carrera en la que Carlos iba ganando. Comenzó el final del poder temporal de la Iglesia para iniciarse el de los Reyes que no respetaban nada, ni siquiera a la propia Iglesia, algo impensable en la Edad Media.

El saqueo de Roma

Carlos estaba harto del Papa y sus continuos cambios de bando. Era un ser aborrecible y corrupto, como todos sus cardenales. Vivían rodeados de riquezas en el Vaticano, dirigiendo la Cristiandad desde sus palacios, pero quién de verdad sufría en el campo de batalla eran Carlos y sus ejércitos, además de que no recibían nunca nada a cambio de la defensa de la fe, ni dinero ni nada. El Papa merecía un escarmiento. Sin embargo, los acontecimientos se precipitaron y nadie podía prever lo que ocurrió en mayo de 1527. Las tropas españolas, al mando del condestable de Borbón, que había abandonado a Francisco pasándose al bando imperial, llegaron a Roma con un grueso de casi 35.000 hombres deseosos de botín pues las soldadas, su salario, hacía tiempo que no llegaban. El Papa Clemente no podía dar crédito: las tropas imperiales amenazaban a la Ciudad eterna, el centro de Dios en La Tierra y no parecían querer negociar pues el Papa ofreció 60.000 ducados a cambio de que se marcharan, pero los soldados querían más a sabiendas de las riquezas que guardaba el Vaticano. Sin embargo, esas riquezas eran sobre todo obras de arte y negocios de los que no había dinero contante y sonante en ese momento o al menos eso decían los obispos, lo que se demostraría después que no era así, digamos que Roma era una ciudad donde se aparentaba y que vivía del nombre y donde la Iglesia no era amiga de desembarazarse de su opulencia. En la colecta que hicieron sus ciudadanos, el más rico solo aportó 100 ducados, lo que resultó algo patético, sobre todo la cobardía mostrada por muchos cardenales y obispos que abandonaron a los ciudadanos a su suerte.

Roma era una ciudad bien protegida pero sus señores eran unos incompetentes que solo querían vivir cómodamente sin importarles nada más. Si hubieran destruido los puentes de piedra que daban acceso a la ciudad y fortalecido las defensas, las tropas imperiales lo hubieran tenido muy difícil porque no iban acompañadas de artillería, solo arcabuceros, lanceros, soldados de a pie y jinetes. Además, hubo cierto desconcierto cuando el condestable de Borbón murió en el ataque ya que los romanos se confiaron en que infundiría desánimo en las tropas españolas, pero, todo lo contrario, se enfurecieron más y ahí comenzaron los desmanes de los soldados en Roma: la orgía de sangre, violaciones, robos y destrucción que acompaño al saqueo de Roma por parte del ejército imperial no es precisamente uno de los episodios más gloriosos de la Historia de España ni la de Alemania que a fin y al cabo contribuía con gran parte de los soldados.

Se violaba a todas las mujeres daba igual su edad o condición, se profanaron las tumbas, se quemaron las iglesias e incluso pasaron a cuchillo hasta a los partidarios del emperador que permanecían en Roma ya que ante tal barbarie y locura ya no distinguían a unos de otros. Las reliquias más sagradas que permanecían a la vista desaparecieron (se entiende que los tesoros más importantes fueron puestos a buen recaudo) y las pinturas, esculturas y demás obras de arte fueron destruidas en gran parte. Se humillaba a los sacerdotes y las monjas recibían el mismo trato que las demás mujeres. Al final, la mitad de la población pereció y la otra mitad huyó o se escondió donde pudo.

El saco de Roma (Amérigo)
El saco de Roma (Amérigo)

El príncipe de Orange, que mandaba las tropas teóricamente, una vez murió el condestable de Borbón, no podía controlar a la soldadesca enfebrecida, pero consiguió que no se saqueara la Biblioteca Vaticana pues instaló allí su residencia. Lo cierto es que los nobles que comandaban las tropas hicieron lo que estuvo en su mano para apaciguar los ánimos, pero fue imposible por lo que solo cabía capitanear a las huestes e intentar en la medida de lo posible amortiguar el daño. Las pérdidas humanas y materiales fueron las mayores que había sufrido ciudad importante alguna en toda su Historia: diez millones de ducados costó el desastre a Roma y para hacernos una idea de semejante cantidad recordaremos los 800.000 ducados que las Cortes de Castilla y Aragón entregaron a Carlos para luchar por el trono imperial, lo cual ya era una importantísima cantidad de dinero. Lo que resulta curioso es que muchos soldados de los que saquearon Roma eran luteranos, de ahí el odio exacerbado desplegado en la ciudad, luteranos contra los que lucharía posteriormente el emperador. La verdad es que esos protestantes vieron la posibilidad de arrasar el centro del catolicismo lo que suponía una victoria para la Reforma de Lutero. Así que puede decirse que España fue víctima de las circunstancias, claro que a nadie se le ocurre capitanear un ejército que contiene entre sus filas tantos protestantes y dirigirlo hacia Roma. Sus jefes debían saber lo que ocurriría si entraban en combate o tal vez fue eso precisamente lo que pretendían pues a fin de cuentas uno de los enemigos del emperador en ese momento era el Papa. ¿Debió el Sumo Pontífice haberse quedado en el Vaticano? Velando por las almas de los contendientes de uno y otro bando y no participar en el conflicto ya que al hacerlo se quitaba automáticamente sus ropajes divinos para bajar al campo de batalla con todas las consecuencias.

El emperador tardaría poco en olvidarse del asunto e incluso se alegró de que Clemente recibiera por fin su merecido, si bien no hay por qué no creer el sincero sentimiento del rey de España, de pena, por la suerte corrida por los ciudadanos romanos que no tenían la culpa de nada.

Europa entera estaba consternada y las distintas Cortes no sabían como reaccionar ante el suceso. El emperador, en principio, quedó pasmado porque no hubiera podido imaginarlo nunca (o eso dijo) pero actuó con celeridad: envió cartas a todos los soberanos en las que se alegraba del triunfo que suponía el saqueo de Roma en su guerra contra la Liga Clementina pero no del saqueo en sí ni de la suerte que corrieron los romanos ni el Papa y sus cardenales. El emperador sabía que tenía que utilizar lo ocurrido en su beneficio y desde luego lo consiguió porque el temor que despertó en Europa fue verdaderamente efectivo. Qué podía hacer sino parecer en ese momento que sus ejércitos respondían a su emperador cuando la realidad era que estaban descontrolados.

Francisco I no daba crédito, pero aún menos Enrique VIII; éste último llegó a decir que a ese hombre, refiriéndose al emperador, nada frenaba sus aspiraciones de ser el verdadero y único césar de Occidente. Aun así, enviaron ambos reyes embajadores para exigir la liberación del Papa, la restitución del Milanesado y el castigo que merecían los responsables del saqueo, esto es, el príncipe de Orange y sus lugartenientes. Al mismo tiempo, un enorme ejército de 65.000 hombres se dirigía a Italia donde Francisco sabía que esa era la oportunidad o no la tendría nunca más. El ejército imperial, de más de 30.000 soldados, se había quedado en la mitad, con las deserciones y muertes por la peste con lo que enfrentarse a los franceses en ese estado era un suicidio y más cuando los primeros iban con ganas de despedazarles por lo acontecido en Roma.

¿Pero qué ocurrió con "Su Santidad", el Papa Clemente? El "amigo" de Roma, que no estuvo dispuesto a dar 300.000 ducados al ejército imperial para que se desperdigara dio a Nápoles 400.000 ducados y varias fortalezas en su rendición final, luego dinero tenía, solo que no esperaba que los soldados españoles y alemanes llegaran tan lejos como lo hicieron. Cuando ocurrió y puesto que no terminaban de marcharse, acabó por entregar la cantidad mencionada. Como vemos, otro de los culpables fue el Papa, llevado por la ambición de poder ser no solo rey enviado de Dios sino también rey con poder terrenal. Su intención de ser el emperador respetado por todos los reyes se esfumó ante el empuje del verdadero emperador a quién se vio obligado a coronar como Carlos I de España y V de Alemania, señor de Occidente. Pero en ese momento la imagen de España estaba siendo cuestionada y su situación era difícil en Italia. Recordemos que un fabuloso ejército de 65.000 soldados se dirigía a por ellos para asestarles un golpe del que jamás pudieran vovler a levantarse; sería la buena estrella de Carlos la que de nuevo favorece al destino español y alemán permitiendo que la peste se ensañe con las tropas enviadas por Francisco I y que el capitán de la flota genovesa al servicio de Francia se ponga del lado de España y ataque las posiciones francesas.

De nuevo, Carlos había ganado. En el tratado de paz ni siquiera los dos monarcas se vieron, lo hicieron Margarita de Borgoña y Luisa de Saboya. El odio entre los dos había llegado a ser obsesivo. Tanto es así que Francisco, ante la imposibilidad de encontrar aliados entre los reinos cristianos puesto que todos temían al emperador, decidió iniciar relaciones diplomáticas con el otro gran enemigo de Carlos: el Imperio Turco pero antes hubo otra guerra entre España y Francia. Las fuerzas estaban equiparadas en esta ocasión y era más una guerra de desgaste que otra cosa por lo que se firmó una tregua de diez años aunque no fue respetada ni por unos ni por otros reanudándose las campañas, esta vez con cinco ejércitos de Países diferentes atacando al emperador pero al final Carlos ganó de nuevo. Le ayudó ahora el volatil Enrique VIII que se había puesto de su lado si no quería correr la misma suerte que Roma. El emperador llegaría a amenazar París: la Paz era la única salida para Francia. Francisco, derrotado y cansado de tanta guerra y viendo además que su adversario era invencible, decidió retirarse a disfrutar de las comodidades de la Corte. Los tres monarcas murieron casi a la misma edad y de lo mismo: se abandonaron a los placeres cortesanos y acabaron enfermando de gota o enfermedades similares (Francisco I y Enrique VIII murieron el mismo año, con 53 y 56 años respectivamente; Carlos moriría once años después, a la edad de 58 años). Francisco I infundió su odio hacia el emperador y los Habsburgo a su hijo Enrique II, quién continuaría batallando contra el emperador y posteriormente contra el hijo de éste, el rey Felipe II, que llegó a ser el soberano del mayor imperio conocido hasta entonces; la historia continuaba en los hijos de los tres reyes, pues ni Enrique II consiguió desbancar a España de su preeminencia, ni Isabel I de Inglaterra le quitó el dominio de los mares a pesar del desastre de la Armada Invencible y Felipe II, en cambio, seguía siendo el rey más poderoso y sus conquistadores y soldados continuaban con su grito de guerra: ¡España, Imperio!