La Peste llega a Sevilla: la gran apuesta de Movistar +

12.01.2018

Vista de la Catedral desde el Real Alcázar
Vista de la Catedral desde el Real Alcázar

Tenemos nueva serie de TV:  La Peste. Nos adentramos en el escenario real e histórico en el que transcurre la trama, pero no os preocupéis, no habrá spoilers, no somos tan malvados.

El argumento que se ha hecho público nos traslada a la Sevilla de finales del siglo XVI. La sinopsis que podéis leer en la web de MOVISTAR + es la siguiente: "En medio de una terrible epidemia de Peste, varios cadáveres aparecen asesinados como presagio del fin del mundo en Sevilla, una de las capitales más importantes de occidente en el siglo XVI".

Su director, Alberto Rodríguez, quién ya nos sorprendió con los muy recomendables thrillers cinematográficos "La Isla Mínima" y "El Hombre de las Mil Caras", se atreve con un ambicioso proyecto televisivo. No en vano, el presupuesto ha sido millonario y desde luego ha valido la pena, al menos desde la perspectiva artística. Desde el punto de vista comercial, todavía es pronto para saberlo pues acaba de estrenarse.

Junto al reconocido Paco León coprotagoniza este magistral trabajo Pablo Molinero. El primero nos ofrece una versión muy distinta de su vena cómica a la que estamos acostumbrados pero este nuevo registro dramático nos ha dejado impresionados; sin duda cautivará al espectador. Un ejemplo más de la destreza como actor de Paco León a quién acompaña una cara desconocida, Pablo Molinero, pues solo había trabajado en televisión en una ocasión en la cadena pública de Valencia. El ayudante en la intriga es Sergio Castellanos, un jovencísimo actor que comienza este mismo año su exitosa andadura. Entre las actrices destaca Patricia López-Arnaiz, que desde un principio nos mantendrá intrigados sobre su papel y lo que depara en la serie.

Han recreado la escenografía de la forma más realista posible, incluso echando verduras maduras sobre el piso de las calles dejando que se fermentaran para que actores y actrices experimentaran el olor que inundaba las grandes ciudades europeas de entonces. Sevilla era una de las urbes más prósperas del Mundo en el siglo XVI y primera mitad del XVII, gracias al comercio que llegaba de América, monopolizado por el Imperio español.

La ciudad contaba con una población que superaba los 120.000 habitantes, pero la limpieza brillaba por su ausencia: desperdicios de todo tipo y restos de obras que se realizaban en las casas humildes de los suburbios sevillanos con calles empedradas pero repletas de socavones que los propios vecinos cavaban para echar sus inmundicias. Las "aguas sucias" se vaciaban en la misma calle con lo que más de un viandante sufrió algún que otro baño con tan desagradable compuesto orgánico.

El Ayuntamiento de Sevilla prohibía que se dejaran restos orgánicos o inorgánicos en las estrechas calles, junto a los puestos de los mercaderes o la muralla que rodeaba la ciudad, una zona que se había convertido en un verdadero estercolero, junto al Arenal. El olor en los mercados de las plazas era especialmente nauseabundo por el estiércol de los animales; el calor extremo complementaba la escena, con moscas en torno a excrementos y comida podrida. Se acumuló tal cantidad, que el Ayuntamiento ordenó su limpieza a los vecinos bajo multa de mil maravedíes o dos escudos y medio (el escudo tenía el valor de 400 maravedíes que eran monedas de cobre) lo que equivalía, aproximadamente, a ocho gramos de oro.

Finalmente, el rey Felipe II, el monarca en cuyo reinado transcurre la trama de la serie de MOVISTAR, se ve obligado a nombrar a cuatro alguaciles para inspeccionar las calles, deteniendo a los que fueran sorprendidos arrojando aguas sucias por las ventanas de las casas, metiéndoles en el calabozo durante diez días y multándoles con 20 maravedíes. Es durante esta época cuando Sevilla comienza a hacerse famosa también por sus jardines, huertos y patios con numerosas macetas de flores ya que era la mejor manera de ocultar el mal olor. Claro que solo los mercaderes potentados, nobles e iglesias podían permitirse el lujo de contar con esos magníficos patios de sus solariegas mansiones.

No creáis que por estar rodeados de flores los más ricos no olían mal: al considerarla una costumbre infiel, heredada del pasado musulmán de la ciudad, la Iglesia Cristiana desestimó la higiene personal por lo que los nobles se cambiaban de ropajes una o dos veces al mes tan solo. Vamos que en la ciudad donde las fábricas de jabón eran uno de los negocios más bollantes, este producto no se gastaba precisamente en asearse sino más bien en lavar la ropa o enseres domésticos cada dos o tres semanas. El jabón era muy preciado y se exportaba siendo adquirido, principalmente, por la nobleza y ricos mercaderes de medio Mundo.

La industria del jabón resultaba tan rentable porque abundaba el aceite en la zona, la materia prima principal con la que se elaboraba junto a hierbas quemadas utilizándose las cenizas que dejaban, en especial las de una planta llamada "almarja" que crece en abundancia por estos lares. Unido a los paupérrimos sueldos cuando no se empleaba a esclavos o niños, a los que como salario se les daba comida y alojamiento, podemos comprender que la rentabilidad del negocio fuera tan alta. Los otros productos más vendidos pero también exportados eran la cerámica, la seda y la manufactura de la lana.

El Puerto de Sevilla era la puerta de casi todo el oro y la plata que llegaban de América con el que España pudo costear su poder en Europa durante dos siglos. Pero prácticamente nada de esta ingente riqueza se quedaba en la ciudad salvo para la construcción de palacios y monumentos. La mayor parte de la población vivía de inmundicias trabajando para la nobleza y los ricos mercaderes sin que se invirtiera parte de los beneficios generados por tan formidable transacción comercial en mejoras urbanísticas o saneamiento de las calles y barrios.

La Iglesia imponía con la temible Inquisición la moral que debía prevalecer en la sociedad no solo de Sevilla sino de prácticamente toda la España de entonces. Pero era una ética y moral hipócritas pues la prostitución estaba permitida siempre y cuando se tratara de mujeres mayores de doce años de edad y no se practicara fuera de los prostíbulos. Con el pago de la parte correspondiente al clero y al Cabildo se toleraba el tráfico y explotación infantil, desde la pubertad: las niñas para la prostitución y los niños para las fábricas manufactureras o diferentes tareas del comercio y la agricultura. Los que no eran empleados sobrevivían robando en los atestados barrios y plazas a los viandantes y comerciantes.

Vemos por lo tanto como la Iglesia fomentaba la falsa o doble moral por aquellos entonces: mientras no fuera público, se permitían conductas obscenas e impropias de una sociedad avanzada o "temerosa de Dios", incluso se sacaba tajada, pero si trascendía de forma notoria entonces era castigado con la mayor severidad. Hoy en día, se ha dado el caso de que una valla publicitaria puesta en los terrenos de la Iglesia de San José, en Madrid, pusiera un cartel a lo grande de "La Peste", como en tantos otros soportes similares en todo el País. Con los ingresos que obtienen por la publicidad que dejan que se ponga en la valla se paga en parte las obras que se están llevando a cabo en la iglesia.

Lo que no se pararon a pensar es que la serie que se publicita no deja precisamente en buen lugar a la Iglesia Católica lo que recuerda en cierto modo aquel clero hipócrita de la Sevilla del Siglo de Oro español: mientras me deje beneficios y sea discreto, se tolera. Solo que, en este caso, no es precisamente discreto; los distribuidores de la serie se la han colado a la Iglesia ya que les dirían que se trataba de una serie de televisión, simplemente, con lo que no mintieron, pero eludieron decirles cuál era su argumento. Claro que la Basílica de San José es un escaparate magnífico para publicitar cualquier producto ya que recibe numerosos turistas que desean admirar el Cristo del insigne escultor granadino Alonso de Mena o el lugar donde ofició su primera misa el universal Lope de Vega, quién se había ordenado sacerdote a la edad de 51 años, detalle que pocos conocen del genial escritor. Ambos, Alonso de Mena y Lope de Vega, son precisamente de la época en la que transcurre la historia que nos cuenta "La Peste".

En la serie de la que os hablamos y recomendamos la fotografía juega un rol esencial para transportarnos a ese ambiente tan caótico y a la par impresionante por la riqueza monumental de una de las ciudades que todavía posee uno de los cascos antiguos más extensos del Mundo. En Europa, solo Venecia y Génova cuentan con cascos antiguos de mayor extensión que el de Sevilla. Ni siquiera Roma le supera y esta particularidad sevillana ha facilitado en gran medida el rodaje en exteriores de los realizadores de la serie. El ahorro en decorados y sueldos de actores desconocidos (evidentemente, cobran mucho menos que los consagrados sin que baje la calidad del producto) se ha podido invertir en medios técnicos dotando a la producción de una riqueza visual.

El presupuesto de diez millones de euros la convierte en la más cara de la Historia de la televisión española, pero sigue estando muy lejos de las series anglosajonas más conocidas, cuyos capítulos cuestan una media de seis millones de euros (cada episodio de "La Peste" no supera, de media, los dos millones). Si además cuenta con los intrigantes guiones del genial Rafael Cobos.

Casi tres meses de rodaje con cientos de técnicos, actores y miles de extras, una cuidadísima puesta en escena con una fiel réplica de la forma de vestir de entonces y unos efectos especiales sorprendentes. Cautivó a los espectadores que tuvieron la fortuna de verla los dos primeros capítulos en la última edición del prestigioso festival de cine de San Sebastián, un escaparate magnífico para vender la serie en otros Países.

Pero como sucede en la mayoría de las ficciones del cine y la televisión, suele haber elementos en sus guiones que no concuerdan con la realidad histórica o la distorsionan. En este caso, la serie de Movistar+ recrea la epidemia de peste bubónica en 1587 cuando realmente fue mucho después, en 1649. Según los guionistas, se ha adelantado en el tiempo para hacerla coincidir con el esplendor del Imperio Hispánico de final del siglo XVI con lo que recuerda en gran medida a la fantástica novela Hija de la Iglesia, de Fernando de Artacho, editada en 2004 por Almuzara y que recomendamos encarecidamente. En esta obra, la trama acontece en la Sevilla de final del siglo XVI, en medio de una epidemia de peste y también con una trama detectivesca solo que ambientada en un monasterio donde se producen hechos que los monjes consideran obra del demonio y que el inquisidor general, en persona, decide investigar.

La serie de televisión sitúa la epidemia también a finales del siglo XVI, pero en realidad ese fatídico brote se produjo a mediados del siglo XVII marcando el inicio del declive de Sevilla y de todo el Imperio español. Se calcula que murieron más de 48.000 personas en la ciudad por la enfermedad.

Como decíamos el trabajo de los decoradores artísticos ha sido excepcional y si bien se han aprovechado exteriores no solo en Sevilla sino en más localidades, después había que conseguir que todo se integrara en la recreación de la Sevilla barroca y desde luego que lo han conseguido. 

Por Javier MARTÍNEZ


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