Los espías del Imperio Hispánico

04.07.2017

JULIA GONZÁLEZ

El Reino de España formado por los Reyes Fernando e Isabel, conocidos como los "católicos" ya era de por sí un imperio en su época. A comienzos del siglo XVI, sus posesiones se extendían por Italia (Nápoles y las Islas de Cerdeña y Sicilia), América, redescubierta por los europeos de la mano de los navegantes castellanos que ya habían conquistado las Islas de Cuba, La Española y Cubagua (junto a Venezuela). El Reino de Fernando e Isabel contaba también con varias plazas en el norte de África: Melilla, Orán, Argel, Bujía, Bona, Túnez y Tlemcén. En Europa, la unión dinástica de Castilla y Aragón se convirtió en la principal potencia del momento a la que solo hacía sombra el Reino de Francia, con el que batalló en varias ocasiones por la hegemonía en Italia.

Los Reyes Católicos, en especial Fernando, estaban obsesionados con que Francia no adquiriera más poder que España por lo que llevaron a cabo una política de matrimonios de sus hijos con príncipes europeos, con el objetivo de cercar Francia, si fuera necesario, gracias a las alianzas que iban fraguando mediante esos matrimonios; de momento, Fernando ya había conquistado el Rosellón en territorio francés. A su hija mayor, Isabel, la casaron con el rey de Portugal. A su hijo Juan, con la princesa Margarita de Austria. A Juana, apodada "la loca", con Felipe de Flandes, hijo del emperador alemán, Maximiliano. María se casó, en segundas nupcias, con el rey de Portugal cuando la otra hija de los Reyes Católicos murió, que ya estaba casada con el rey portugués. Por último, Catalina se casaría con Enrique VIII de Inglaterra.

El Sacro Imperio Romano-Germánico era en realidad un conglomerado de Estados del centro de Europa que tenían como nexo al mismo soberano, el emperador. Éste podía ejercer una mayor o menor influencia en el Continente, según sus posesiones aunque el título ya confería una gran representatividad. En la época de los Reyes Católicos, Maximiliano, que era también archiduque de Austria, gobernaba en los Países Bajos y el Franco Condado por ser la dote de su esposa, María de Borgoña. Por lo tanto, a los Reyes Católicos les interesaba llevarse bien con él.

Con respecto a la figura del Papa, imponía un respeto máximo en todas las cortes europeas pues se entendía como árbitro de las diferencias entre ellas. Y en época de los Reyes Católicos llegaría a haber un papa español: Alejandro VI, el conocido Papa Borgia. El título de "católicos" se lo otorgó este pontífice pues el rey de Francia ya tenía el de "cristianísimo".

El principal enemigo de Europa era el Imperio Turco, expandido por el sureste asiático, Próximo Oriente y el norte de África. Amenazaba con adentrarse en territorio europeo donde ya tenía Estados vasallos: Moldavia, Transilvania, Valaquia y Crimea. Otros reinos, como el Imperio Chino, La India o Japón, aunque se tenía conocimiento de ellos desde los viajes de Marco Polo y las noticias que traían los navegantes y comerciantes portugueses, italianos y españoles, estaban muy lejanos. Se comerciaba con ellos, pero eran lugares exóticos simplemente, no tenían interés político en ese momento.

Los Reyes Fernando e Isabel, de los que se decía que tomaban decisiones de forma conjunta ("Tanto monta, monta tanto, Isabel como Fernando"), en realidad lo hacían en Castilla puesto que en los territorios de Aragón era Fernando el único que daba las órdenes. Los autores de la época y posteriores veían a Fernando como el que realmente planificaba las acciones de la unión dinástica de los Trastámara (la familia de ambos pues Isabel y Fernando eran primos). Se diría que Fernando sirvió de inspiración para que Maquiavelo escribiera su archiconocido libro: El Príncipe.

Para mantener todo ese inmenso aparato e impedir las conspiraciones urdidas en otras Cortes para desestabilizar a la española, que crecía y mucho en poder, pero también para urdir sus propias conjuras en otros Reinos a los que debilitar para acrecentar la influencia española, se fortalecieron los servicios de espionaje. Su función era también prevenir los sabotajes y detectar las intrigas palaciegas.

Con la llegada de Carlos de Gante, que llegó a ser emperador de Alemania, hijo de Juana (recordemos, a la que llamaban "la loca") y Felipe de Flandes, ya como rey de Castilla y Aragón, muerto Fernando el Católico, el espionaje se potenció. Los territorios heredados de sus respectivos padres convirtieron al nuevo soberano español en el hombre más poderoso de su tiempo y a su Reino en uno de los Imperios más extensos de la Historia, superado posteriormente por su hijo, Felipe II.

Escudo de Felipe II
Escudo de Felipe II

Ahora, se unen a los territorios anteriores la expansión en América que no cesaba, la incorporación de nuevos Estados europeos y otras conquistas por el Mediterráneo, pero también allende los mares, en todos los Océanos. Con la unión de Portugal en el mismo trono de Felipe II, al Reino se le conocía en las Cortes europeas como el Imperio en el que jamás se ponía el Sol. Y ahora sí, chinos, japoneses e hindúes, comenzaban a conocer y entablar relaciones diplomáticas con España. El rey Felipe III, al que apodaban "El Piadoso", regaló al shogun japonés (principal figura militar y política de Japón durante siglos) el reloj más antiguo que todavía hoy se conserva en ese País como una joya de incalculable valor que simboliza la amistad entre España y Japón. Iría acompañado de otros presentes que llevó a la corte japonesa el primer embajador español, Sebastián Vizcaíno, en 1611. La visita de los reyes de España a Japón en abril de 2017 tuvo un colofón único al mostrarle los emperadores japoneses dicha pieza de relojería a los monarcas españoles. Habitualmente, se encuentra en el templo de Toshogu, pero los reyes Felipe y Leticia pudieron admirarlo como un detalle que tuvieron los soberanos japoneses hacia ellos. El reloj fue un regalo de Felipe III al Shogun de la Dinastía Tokugawa, Ieyasu, en 1611, en agradecimiento por el socorro a un galeón español que viajaba desde Filipinas, que ya eran posesión española, a México, que igualmente formaba parte del Imperio Hispánico. El buque a cuyos tripulantes los japoneses ayudaron era el "San Francisco", naufragado en 1609, en medio de un tifón. Murieron 56 de los 373 tripulantes. Pero en realidad, el reloj debió el rey español habérselo dado a la pequeña aldea de Onjuku, de apenas 300 habitantes por aquel entonces; hoy tiene unos 8.000. Son quienes ayudaron y acogieron a los supervivientes. De todos modos, el gobernador español de Filipinas iba en la tripulación y, tras entrevista con el Shogun, éste accedió a construir un barco con el que los españoles continuaron su viaje. 400 años después el rey español Juan Carlos de Borbón concedería al municipio de Onjuku la Orden de Isabel la Católica, que como dice en su Reglamento, tiene por fin «premiar aquellos comportamientos extraordinarios de carácter civil, realizados por personas españolas y extranjeras, que redunden en beneficio de la Nación o que contribuyan, de modo relevante, a favorecer las relaciones de amistad y cooperación de la Nación Española con el resto de la Comunidad Internacional». 

Así que el Imperio Hispánico tenía ya relaciones diplomáticas por todo el Mundo en el siglo XVII pues era la principal superpotencia, como en la actualidad son los Estados Unidos. Y como EEUU hoy en día, España también tenía muchos enemigos simplemente por ser la potencia hegemónica. Se embarcó en la Guerra de los Treinta Años (en realidad duró más porque comenzó a haber conflictos desde mediados del siglo XVI alargándose durante casi un siglo), por conservar Flandes, pudiendo defender y a duras penas lo que hoy es Bélgica. Por cierto, este País debe su existencia a España, puesto que si los tercios españoles no hubieran defendido el territorio de los ataques holandeses por el norte y franceses por el sur, hoy Bélgica estaría repartida entre Holanda y Francia.

En América, tanto ingleses como franceses y holandeses atacaban constantemente las posiciones españolas y de hecho conquistaron algunos territorios. En Europa, España participó en las distintas guerras de religión entre los Estados católicos y los protestantes, lo que terminaría de desangrarla económicamente debido a lo cual perdió su poder hegemónico en el continente, en la segunda mitad del siglo XVII, pero manteniendo gran parte de su Imperio. Incluso cuando prácticamente perdió todas sus posesiones europeas, en el siglo XVIII, mantenía un vasto Imperio en América que seguía creciendo.

Ante tan formidable poder, las Cortes europeas desplegaron lo único que podían hacer en el siglo XVI, pues sus ejércitos eran derrotados una y otra vez por los españoles. Crearon una gran maquinaria de propaganda antiespañola que difundieron por todo el Mundo. Crecieron el recelo y el secretismo hasta cotas no vistas nunca antes y la diplomacia se convirtió en un juego de mentiras y desconfianzas, aunque ¿cuándo no lo ha sido?

La mejor red de espionaje de la Edad Moderna

El rey Felipe II fue el primero que se concienció de que había que desarrollar una red de espionaje por todos sus reinos, pero también por los demás Estados, pues no se podía confiar en ninguna cancillería. Así que puso en marcha un sensacional servicio de informadores desplegado por toda Europa que haría palidecer a los mejores servicios secretos de la actualidad.

Felipe II se rodeaba de toda clase de sabios en su Corte y la Biblioteca del Palacio de El Escorial, residencia del monarca, contenía libros de todo tipo como solo la Biblioteca Vaticana podía igualar o superar. También había manuales de criptografía en los que el monarca se convirtió en un experto e hizo que sus espías también lo fueran, aunque ya con su padre, Carlos I, Hernán Cortés enviaba cartas a la Corte encriptadas sobre sus avances en América. De hecho, existía lo que se conocía como "Cifra General", el sistema con el que se cifraban los mensajes enviados desde las embajadas y territorios españoles a la Corte, pero no se renovaba. Lo que hizo Felipe II fue introducir la norma de renovar los cifrados de forma periódica y que existieran cifrados específicos para determinados embajadores o ministros. El más destacado responsable de los cifrados de la época fue Luis Valle de la Cerda, Secretario de la Cifra, que sería capturado por los ingleses pero al desconocer que era el jefe de los servicios de encriptado del Imperio Hispánico, solo pidieron un rescate por él y le dejaron libre.

Felipe II exigía estar al corriente de todo lo que sucedía en sus Reinos para lo que montó otro servicio impresionante de correos que le informaban de cuanto sucedía. Muchos de los mensajes iban cifrados, incluidas las cuentas reservadas a gastos de empresas militares importantes y espionaje (lo que hoy sigue llamándose "gastos reservados").

Con Felipe III mejoraría y mucho la red de espías desplegada por toda Europa. Uno de los más insignes agentes fue Francisco de Quevedo. El considerado por muchos expertos como el mejor poeta de la Historia de Europa fue embajador de Felipe III en Venecia y espía. La República de Venecia era una potencia comercial en el siglo XVII y contaba también con territorios en lo que hoy es Croacia, las Islas Jónicas y Creta. Era un País importante con el que las Cortes europeas preferían llevarse bien pues era rico. Los dirigentes de la República veían a España como una competidora en el Mediterráneo, su entorno de expansión natural por lo que estaban siempre tramando en la sombra contra los intereses españoles, aunque de cara a la galería ponían buena cara e incluso se mostraban respetuosos con los embajadores de España. Pero España poseía Nápoles, en el sur de Italia y eso creaba una gran fricción entre los dos Países. Los venecianos consideraban el Mar Adriático como suyo así que establecieron un impuesto para todos los barcos no venecianos que surcaran esas aguas, si bien era una forma también de frenar a los piratas uscoques que acechaban continuamente los barcos venecianos. Pero la medida enfadó y mucho a la Corte austriaca que se veía perjudicada, económicamente, ya que el Adriático era su salida al mar, por lo que declara la guerra a Venecia. Bien es cierto que Austria intentó negociar con los uscoques, a los que antaño había utilizado en su guerra con los turcos, pero los piratas se rebelaron al no recibir el dinero que se les había prometido. Con los piraras descontrolados, a Venecia no le quedó más remedio que bloquear el Mar Adriático lo que automáticamente le llevó a la guerra contra el Imperio de los Habsburgo, del que España formaba parte (el rey Felipe III era un Habsburgo, aliado del archiduque austriaco que era también el emperador alemán). Además, en la zona que Venecia quería controlar se encontraba la Valtelina, un territorio que formaba parte de Génova pero que reclamaba Venecia lo que España no podía permitir porque Génova era aliada de España y permitía el paso de los tercios españoles hacia Milán, de donde se distribuían por Europa Occidental para batallar en los distintos frentes bélicos que España tenía abiertos. Con La Valtelina en poder de Venecia, el conocido como "Camino Español" corría peligro.

Se produce la Conjuración de Venecia.

El duque de Osuna aprovechó la red de espías que el marqués de Bedmar, embajador español en Venecia, había desarrollado. Tres nobles, el duque de Osuna, el marqués de Bedmar y el marqués de Villafranca, destinado en otra posesión española en Italia, Milán, urdieron la llamada después Conjura de Venecia que pretendía desestabilizar la República para que fuera fácilmente invadida por una flota española que aguardaba la orden en el Mar Adriático. Pagaron a varios corsarios franceses y holandeses, que estaban al servicio de Venecia, para que traicionaran a la República haciendo volar el arsenal y detener al Dux, el máximo dirigente de la República. El embajador español tenía entonces que convencer a los embajadores de Francia e Inglaterra para que no intervinieran en el conflicto, pero uno de los corsarios franceses comunicó al Dux los planes de España, probablemente porque la operación se alargaba y no veían beneficios o pretendían dejarle fuera. Las autoridades venecianas detuvieron a los conspiradores y les ejecutaron o pusieron en manos de la turba popular que les mataba a palos o colgándoles. Asediaron el palacio del embajador español y Quevedo, que había hecho de principal enlace entre el duque de Osuna y el embajador, huyó por poco, disfrazado de mendigo.

El duque de Lerma, valido (algo así como primer ministro) del rey, destituyó a los implicados españoles en la conjura alegando que la habían planificado a espaldas de la Corona buscando su propio interés. El episodio pasó a engrosar la ya abultada "Leyenda Negra" contra España dejando a los españoles como personas que siempre están tramando y conspirando cuando no pisoteando todo lo que encuentran a su paso.

No solo Quevedo fue espía español, también otro insigne escritor, tal vez el más conocido del Mundo, Cervantes, llevó a cabo en alguna ocasión labores de espionaje. Y si no, resulta complicado explicar qué hacía en Italia junto al cardenal Giulio Acquaviva, quién fue enviado por el Papa Pío V a España para reunirse con el rey Felipe II. Al regreso, ya le acompañaba Cervantes. También estuvo en la Batalla de Lepanto y en Portugal, relacionado con la Armada Invencible en cuyo abastecimiento tuvo algo que ver. Cayó preso de los corsarios berberiscos pero ras su liberación marchó a Orán, donde estuvo un mes por el que cobró 110 escudos, visitando Mostagán, también en Argelia, etc. Lo curioso es que poco después la Armada española acabaría con los corsarios argelinos.

Con los siglos, las bases que sentó el impresionante servicio de espionaje puesto en marcha por Felipe II y desarrollado en los reinados posteriores de Felipe III y Felipe IV (éste último llamado el "Rey Planeta") sirvieron a uno de los más insignes espías españoles: Domingo Badía, conocido como Ali Bey en los Países islámicos en los que se movió con soltura espiando para la Corte de Carlos IV. En esta época, finales del siglo XVIII, España conservaba su Imperio de ultramar en América y algunas posesiones en África, el Océano Índico y el Pacífico (las Filipinas seguían siendo españolas). El rey ya no era de la dinastía Habsburgo sino de los Borbones, la familia que ostenta todavía hoy la corona española. Domingo Badía se hizo pasar por un príncipe abasí siendo el primer occidental que visitó La Meca, de lo que informó detalladamente a la Corte española.

El capitán de navío Jorge Juan y Santacilia consiguió robar los planos de las novedosas fragatas inglesas de mediados del siglo XVIII. Par ello se hizo pasar por un tal Mr. Josues, alternando con las principales personalidades políticas inglesas del momento, lo que ni siquiera el embajador español lograba. Entre la información que recabó figuraban planes secretos ingleses para atacar posiciones españolas en América. A su regreso a España y aprovechando los conocimientos adquiridos en Inglaterra, renovó los astilleros e incluso los ingleses quedarían impresionados por los avances de España. Jorge Juan había sabido adaptar el sistema inglés a las peculiaridades de la Península Ibérica. Pero hubo una intriga palaciega en Madrid y su protector, el marqués de la Ensenada, cayó en desgracia ascendiendo al poder los "afrancesados" que abortaron los avances de Jorge Juan, introduciendo el sistema de construcción naval francés, que era más atrasado que el inglés. Debido a ello, España perdería definitivamente el dominio de los Mares.

Pero la red de espías españoles funcionó siempre de forma espectacular, alcanzando todos los objetivos que se les marcaba; lo que sucedió es que la política no iba a la par de estos increíbles maestros del secreto.

España, ya con los primeros Habsburgo, montó embajadas en todos los Reinos importantes del Mundo, siendo el único País que lo hacía en el siglo XVI. Esas embajadas eran refugios perfectos para cimentar la red de espionaje. Los demás Estados se darían cuenta después y aprendiendo de la experiencia española crearían también sus sedes diplomáticas, ya en el siglo XVII, que en realidad eran coberturas para sus agentes secretos. Pero antes, la Corte de la conocida Isabel I de Inglaterra, llamada la "Reina Virgen", estaba siendo espiada por Bernardino de Mendoza, hasta que, sospechando de él, pero no llegando a ser cogido in fraganti, sería expulsado por la reina, marchando entonces a la Corte de Francia. En París hizo una proeza en términos de espionaje: captó como colaborador al embajador de Inglaterra en Francia (Inglaterra solo tenía una embajada, en París) y al embajador de Francia en Londres. Las informaciones que obtenía Mendoza se las enviaba encriptadas al rey Felipe II.

En el siglo XVI los únicos servicios de espionaje que preocupaban a los españoles eran los del Vaticano que, gracias a la tupida y extensísima red eclesiástica por Europa entera, podía conseguir cuantos datos quisiera y de cualquier asunto. De hecho, la tensión entre Felipe II y los Papas fueron continuas; no en vano, conoció durante su reinado a 12 pontífices. Tal era la inestabilidad de Roma. Felipe II pretendía utilizar la Inquisición española como otra herramienta para la obtención de información  pero el hecho de que tuviera que compartir los datos con la Iglesia y el Vaticano no le convencía, sabedor de lo voluble que era Roma. El rey Felipe II confiaba solo en sus secretarios más personales para coordinar los servicios secretos imperiales, Juan de Idiáquez y Olazabal y Antonio Perrenot Granvela, pero era el rey el que daba el visto bueno a los nuevos espías, de modo directo, autorizaba los pagos y leía todos los correos que le llegaban, no delegando en nadie para ello. Se diría que en las cortes europeas nadie confiaba en nadie, ni siquiera en los bufones, pues los españoles tenían espías en todas partes.