Evolución del vestido de novia en la Historia

02.04.2018

Por María Ramírez

Los cambios desde la primera boda, en Mesopotamia, hace más de 6.000 años 

Las novias se rebelan y por fin visten como ellas quieran
Las novias se rebelan y por fin visten como ellas quieran

¿Sabíais que los contratos prematrimoniales en los que se plantea un resarcimiento en caso de incumplimiento ya existían hace miles de años? Fue en la antigua Sumeria. Y tampoco vestir de blanco es propio de nuestro tiempo, ya las novias romanas vestían de ese color. Pero, ¿por qué las novias cuando se casan (casi todas) quieren ir de blanco? A muchos les sorprenderá saber qué hace unos cuantos siglos el blanco era el color del luto, no el negro, éste último el preferido para casarse. Cuando en 1558 el príncipe Francisco de Francia se casó con María de Escocia, en París, la muchedumbre que acudió al desfile nupcial quedaron impresionados, a la par que estupefactos, porque María vistiera un suntuoso vestido de color blanco, el color que simbolizaba el luto hasta ese momento. Sin embargo, era tan deslumbrante que las demás nobles quisieron imitarlo en las bodas posteriores y poco a poco se iría imponiendo (la costumbre hasta entonces era que la novia vistiera de rojo). Pero el blanco había quedado ya asociado a la riqueza y el boato por lo que los vestidos de ese color resultaban muy caros. 

La razón de no vestirse de blanco en el enlace matrimonial, de forma generalizada, no era la calidad de la tela, solo accesible a los más pudientes, también lo complicado que resultaba mantener limpio el vestido por lo que solo se usaba una vez reservándose para ocasiones muy especiales, como una gran fiesta o evento importante, tal como una boda.

Sin embargo, en la Antigüedad, las novias romanas se casaban de blanco, cubiertas con una túnica que se sujetaban con un cordón de lana. Completaba la vestimenta un manto naranja y en la cabeza una corona de flores. Así que podemos decir que la costumbre primigenia de casarse de blanco impoluto se perdió con la crisis de la Edad Media para retomarse en pleno Renacimiento.

El blanco, en realidad, es más bien el color que la Sociedad occidental ha impuesto a las novias, pero en otras latitudes lo normal es casarse con el vestido tradicional del País, como en Bulgaria. En Indonesia, las novias van con vestidos de colores vivos con mucho bordado y en Pakistán o La India el color preferido es el rojo. En Eritrea, el vestido de la novia busca combinar con el del novio y no es raro, por lo tanto, que sea de color negro, pero con una rica decoración. En Perú también se visten de rojo y al otro lado del Mundo, en la Península de Corea, las novias visten sus tradicionales trajes llamados "hanbok", de diversos colores. En Nigeria, las mujeres lucen vestidos blancos pero ornamentados con detalles que suelen ser de color rojo, además de caftanes de colores vistosos y complementos igualmente de algún color fuerte. Pero las que más destacan, en este sentido, son las novias iraquíes que a lo largo de la celebración de la boda llegan a cambiarse hasta siete veces de vestido, todos ellos de distintos colores.

¿Y el velo? Pues lo tradicional es que fuera largo. Sería una actriz de Hollywood, la maravillosa Audrey Hepburn, la de "Vacaciones en Roma" y "Desayuno con diamantes", la que popularizaría el velo corto en su boda, en 1954.

El ramo es esencial en una boda
El ramo es esencial en una boda

El ramo de la novia realza su feminidad y simboliza la alegría que le produce el enlace, al menos en teoría. Pero no siempre fueron tan vistosos como hoy en día. Hace siglos, lo que llevaban era un ramillete formado por hierbas de ajo y eneldo principalmente. Con el tiempo, el ramillete iría sustituyéndose por hierbas aromáticas y flores que son las que mejor huelen. Pero ¿por qué el ajo? Simplemente, por pura tradición ya que desde antiguo el ajo se asocia a la limpieza de la sangre y el espíritu, ahuyentando el mal. Y desde luego, lo primero que se les desea a unos novios es todo tipo de bien. 

Por cierto, antes no era el ramo el que tiraban sino un zapato, pero poco a poco se iría imponiendo que en vez del calzado se tirara el ramo entre las solteras. Lógico: no creo que la "afortunada" que consiguiera coger el zapato que arrojara la novia encontrara marido con un ojo menos. Más segura es la tradición turca de escribir los nombres de las solteras en la suela de los zapatos de la novia y al final del evento, el nombre que esté más desgastado será quién se case la próxima vez. En Portugal, los familiares pasan los zapatos entre los invitados para que pongan dinero dentro.

Imagináis que, en vez de tirar granos de arroz, los invitados tiraran sus zapatos al coche de los novios. Sí, como lo estáis leyendo. Eso es precisamente lo que hacían en la Inglaterra renacentista cuando los novios abandonaban el lugar de la celebración, arrojándole su calzado al carruaje en marcha; si alguno daba en el blanco, era señal de buena suerte. En el Este de Europa, el novio bebe champán o vodka en uno de los zapatos de la novia.

Ahora os dejo un poema, a ver si os suena de algo: Algo viejo, algo nuevo. Algo prestado, algo azul. Y una moneda de seis peniques en el zapato (en español no rima pero sí en inglés).

Es una tradición anglosajona que acabó imponiéndose en todo el Mundo. Lo nuevo simboliza esperanza y éxito en la nueva vida que los novios inician. Lo viejo, que el lazo con la familia de cada uno no se romperá nunca, aunque comiencen una vida en pareja lejos de ellos. Lo prestado es a cargo de un buen amigo o amiga casados cuyo matrimonio haya sido un éxito y quiera transmitírselo a los novios. Con respecto a lo azul, es en realidad una costumbre judía mantenida por los cristianos, que a fin de cuentas comenzaron siendo judíos: en las bodas israelíes, las novias llevan una banda o complemento de color azul que simboliza pureza. La diáspora hebrea en Norteamérica introdujo la costumbre en los Estados Unidos uniéndolo a los otros elementos tradicionales importados de Gran Bretaña.

La cola, más o menos larga, pero en cualquier caso vistosa, fue impuesta por el estilo victoriano que se extendería en la segunda mitad del siglo XIX y primeros años del siglo XX por todo el Mundo. Pero los vestidos eran muy abultados. Sería a partir de los años 20 cuando cambia la moda surgiendo un nuevo estilo, el de los vestidos rectos, con largas mangas y adornos más simples que los recargados de la época victoriana y que se mantendría en las décadas de los años 30 y 40, sin las espectaculares colas. En los 50 regresaría el glamour a los vestidos de novia, comenzando con Christian Dior que recuperaría las largas colas, escotes de gran volumen y las transparencias. Volvería también el velo cubriendo la cara y los guantes de seda.

En la década de los años 80, una mujer de la realeza británica, como sucedió más de un siglo antes, con la reina Victoria, sería la que impondría el nuevo estilo a escala mundial; en esta ocasión sería la fantástica Lady Di, con su velo de estilo catedral, mangas de bombacho y enorme ramo de flores que caían en cascada.

Treinta años después de Diana Spencer, los diseñadores franceses nos traen de nuevo las transparencias que se impusieron en los 50. Pero los estilistas españoles, que se hallan entre los más cotizados del Mundo en el sector, apuestan también por los encajes retro.

Lo que sí ha cambiado es el típico álbum de fotos. El tradicional libro tocho de fotografías que cuesta un pastizal y que enseñas orgulloso cuando te visitan en casa y te preguntan por tu boda está dando paso al mucho más económico álbum que cuelgas en Instagram. Para ello se usan las fotografías que los invitados han hecho con sus teléfonos móviles, imágenes algunas de verdadera calidad profesional gracias a los modernos programas informáticos de edición, al alcance de cualquiera (o lo trae ya incorporado el Smartphone o lo descargas de Internet).