Ibn Firnās, el primer hombre que voló

09.04.2021

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Ya lo había logrado todo: formar parte de la Corte de los emires, modernizar las técnicas de navegación, fabricar cristal cuando por entonces solo se hacía en Egipto, medir las horas de la noche sin necesidad del sol. Ahora solo quedaba una cosa: volar.

El hombre debe volar

Mezquita de Córdoba
Mezquita de Córdoba

Nos hallamos en el emirato de Córdoba, en el año 852. Su capital, la ciudad homónima de Córdoba, es el orgullo del viejo emir, Abd al-Rahmán II, de la dinastía omeya y en concreto su mezquita, aún en construcción, pues cada emir la engrandece más.

Desde el minarete, un loco de atar (o eso pensarían muchos), Abbas Ibn Firnās, de 42 años, se ha empeñado en que el hombre puede y debe volar y no solo eso: se propone demostrarlo. Para ello coge una gran lona y ni corto ni perezoso se lanza desde la torre ante el estupor de los allí congregados, que comentan: se va a matar.

No se mata ese día, pero sí se rompió algún hueso pues lo que había inventado no fue el ala delta sino el paracaídas y como fue el primer salto en caída libre de la Historia y por lo tanto, carente de experiencia, no aterriza de forma suave.

Lo primero que pudiéramos pensar de Ibn Firnāss es que no debía estar bien de la cabeza pues no se olvidó de su intención de volar a pesar del testarazo que se dio.

Cuando ya era un anciano de 65 años ideó un ala voladora de madera con plumas de aves y seda con lo que pretendía conseguirlo. Una vez más, también con numerosos espectadores, se lanzó al vacío. ¿Qué creéis que pasó? Os lo diremos más adelante; antes sepamos algo más de este insólito personaje que era de todo menos un loco.

Hakim de Córdoba

Abu al-Qasim Abbas Ibn Firnas Ibn Wardus llegó a Córdoba desde la Cora (territorio) de Takoronna. Sabía de todo lo que se podía saber entonces, pero principalmente matemáticas, química, física y astronomía. 

Llevaba la idea de buscarse la vida en la capital del Estado andalusí como maestro de música (tocaba el laúd y cantaba). Lo cierto es que hubiera podido dar clases de cualquier materia, pero lo que más llamó de él en un principio fue sus dotes para la poesía, de la que era gran aficionado el emir Abderramán II, quién le invitó a la corte para que trabajara en ella. 

Una vez en el fastuoso palacio de los emires, con recursos inagotables, desarrolló todo su potencial. Como astrónomo elaboró el primer planetario de la Historia. Su reloj de agua era de gran precisión para marcar la hora durante la noche. Perfeccionó el astrolabio que sería de gran ayuda para los viajes marítimos.
Emirato de Córdoba
Emirato de Córdoba

Incluso ideó un sistema para fabricar cristal por lo que el emirato no necesitó importarlo más del califato abasí, cuya dinastía gobernante había exterminado a los omeyas (el último superviviente de esta familia se refugió en Al-Andalus fundando el emirato de Córdoba, un siglo antes de las gestas de Ibn Firnās).

Abbas Ibn Firnās era por lo tanto muy apreciado por los emires cordobeses y seguramente era consciente de que, para que su buena estrella siguiera brillando, debía beber de las fuentes más doctas del momento: las bibliotecas de Bagdad, capital del imperio abasí, ciudad a la que viajó en un par de ocasiones.

De Bagdad se trajo a la ciudad de Córdoba las Grandes tablas astronómicas del Sindhind, el manual astronómico más avanzado de la época. Tal vez fue en aquella gran ciudad del Oriente Medio donde leyó en algún manuscrito que en la lejana China se había inventado la cometa y desde hacía un par de siglos (desde la perspectiva temporal de Ibn Firnās) algunos de esos ingenios se adaptaron a los seres humanos para que pudieran planear. Lo hacían lanzándose desde una torre, aunque más parecía una ejecución porque los que lo hacían eran presidiarios, probablemente porque nadie más se atrevía a llevar a cabo el experimento usando, por lo tanto, a quiénes no podían negarse.

Ibn Firnās sabía también de medicina. De hecho, inventó unas lentes para ver de cerca (recordemos que ideó la forma de extraer cuarzo de la roca y por lo tanto de tallar el cristal). Llego a ser tan conocido en Córdoba que el nuevo emir, Mohamed I, no dudó en mantenerle en la corte para que trabajara en ella.

Los emires de Córdoba querían rivalizar con los califas abasíes de Bagdag que expulsaron a sus antecesores omeyas de Damasco por lo que dotaban de medios a los sabios del momento para emular la antigua capital omeya de Oriente Medio. A Córdoba se la comparaba con Damasco y Bagdag.

Segundo intento: el hombre tiene que volar

Maqueta de Ibn Firnās
Maqueta de Ibn Firnās

Ibn Firnās, que se había convertido en uno de los más destacados sabios de la corte de Córdoba, pasó largas jornadas observando cómo las aves se impulsaban gracias al viento y creyó que el ser humano podía ser como ellas. Pero debía estar seguro de que era posible así que, aprovechando sus conocimientos matemáticos, hizo cálculos sobre la fuerza idónea que debía tener el viento para ayudar al hombre a lograr ese sueño.

Ya os hemos dicho que también sabía de medicina por lo que igualmente tendría en cuenta las posibles lesiones causadas por las caídas en su intento de volar.

Y llegó el gran día.

Invitó a numerosos amigos y dignatarios de la ciudad (probablemente incluso el emir no querría perderse tal extravagancia) en el palacio de la Arruzafa. Se colocó su nuevo ingenio volador y se tiró desde lo alto de una torre; tenía 65 años.

Los testimonios varían con respecto al tiempo que consiguió mantenerse en el aire planeando: unos dicen que menos de un minuto, otros que cinco y otros que diez, pero fuera lo que fuese, de nuevo (como la anterior vez) se estrelló contra el suelo.

Tanto por su avanzada edad como por que impactó de forma más contundente que cuando se tiró desde el minarete de la mezquita, con 23 años menos, en esta segunda ocasión se rompió ambas piernas y la espalda quedaría ya muy tocada para el resto de su vida.

¿Qué le ocurrió al insigne sabio como para no hacer un vuelo limpio, aunque fuera planeando? 

Al analizar lo sucedido, llegó a la conclusión de que había olvidado un detalle de gran importancia: las aves tienen cola y sirve para algo. Es una especie de timón de profundidad, como dirían los aficionados al aeromodelismo, que ayuda a controlar el aterrizaje.

El "flare" es una técnica por la que se nivela el avión cuando está a poca distancia del suelo donde aterrizará, liberando contrapresión de forma lenta y sostenida, posando la rueda de la cola en la pista, evitando así que la parte delantera se eleve de nuevo. 

Fue lo que le faltó a Ibn Firnās para triunfar ese día: ponerle una cola a su ingenio volador con las pestañas que permitieran que se alzara cuando lo necesitara o aterrizar con suavidad, como las aves.

El poeta Mu'min ibn Said, que rivalizaba con Ibn Firnās por el favor del emir, se burló de éste: «¡Quiso aventajar al grifo en su vuelo, y sólo llevaba en su cuerpo las plumas de un buitre viejo!».

Sin embargo, a pesar de las burlas de Ibn Said, éste no pudo evitar que la leyenda del gran sabio cordobés Ibn Firnās continuara engrandeciéndose ya que consiguió mantenerse en el aire un tiempo que dejó boquiabiertos a los asistentes, contemplando la increíble hazaña. 

Seguramente se corrió la voz; mercaderes y viajeros que llegaban a Córdoba desde todo el Mundo conocido entonces difundieron la gesta por otros reinos en los que, curiosamente, surgirían leyendas sobre intentos de volar muy similares. Por ejemplo, la leyenda vikinga de Wayland, un preso que, con unas alas de plumas pegadas, se fugó de la cárcel.

Pero Wayland no ha sido recordado del modo en que sí se ha homenajeado al sabio loco Abbas Ibn Firnās, con estatuas que le recuerdan en ciudades árabes como la que puede admirarse en la carretera que conduce al aeropuerto internacional de Bagdad; incluso el segundo aeropuerto de la ciudad lleva el nombre del andalusí. En Libia, cuando el País no había sucumbido aún, se expidieron sellos con su cara. El centro astronómico de Ronda, la ciudad malagueña en la que nació, también lleva su nombre.

La propia Córdoba no podía ser menos y erigió sobre el río Guadalquivir un puente llamado Abbás Ibn Firnās con una estructura inspirada en las alas del ingeniero cuando intentó dos veces volar. Fue cerca del río donde cayó en su segunda intentona, tal vez incluso lo sobrevoló.

Lo más asombroso de esta historia es que un hombre que lo tenía todo persiguió un loco sueño durante toda su vida, y casi acaba con él, pero nunca cesó de intentarlo, a pesar de lo insensato de la empresa. Los dolores de espalda le perseguirían hasta el fin de sus días pero él probablemente no se arrepintió.

Sabemos de su hazaña no solo por su rival en la corte, Mu'min ibn Said, sino porque siglos después, en el mundo islámico, seguía hablándose de ello, como lo hizo el historiador argelino Ahmed Mohammed al-Maqqari, en el siglo XVII, quién se especializó en la Historia de Al-Andalus. 

Solo nos queda imaginarnos a este maravilloso inventor sobrevolar el río Guadalquivir durante el corto período de tiempo que lo hizo de escasos minutos, soñando con mucho más. Tal vez mirando a la Luna y pensando que algún día el hombre volaría hasta el espacio exterior. De hecho, uno de los cráteres de la cara oculta de nuestro satélite lleva su nombre. Un homenaje merecido para un gran hombre.