Los ingleses nunca han querido ser europeos

15.11.2018

Gran Bretaña está en Europa pero sus habitantes rechazan considerarse europeos 

GB vs Europa
GB vs Europa

Es más, ni siquiera entre ellos mismos se ven como un único pueblo, sino como varios: ingleses, galeses, escoceses e irlandeses. Ellos no se reconocen a sí mismos como británicos, salvo tal vez los ingleses. Ese nombre se lo dio una superpotencia europea en la Antigüedad, el Imperio Romano, que dominó el sur de la principal Isla del archipiélago manteniendo a raya el norte. Y es que, desde la separación física de la Isla del continente europeo, hace decenas de miles de años, surgiendo el denominado Canal de la Mancha, los británicos no tuvieron contacto con Europa durante milenios.

¿El rechazo británico tiene fundamento? 

El primer contacto importante con pueblos europeos no fue amistoso pues los romanos llegaron con intención de conquistar, como en el resto de vastos territorios que ocupaban. Posteriormente, ya en la Edad Media, cuando otro pueblo llega a Gran Bretaña, pero por el norte en esta ocasión, los vikingos, tampoco lo hizo de forma pacífica, sino igualmente sojuzgando y arrasando.

Los romanos les llamaban "britani", que significa "pintados", porque observaron que los guerreros de las tribus que habitaban las islas se pintaban las caras así que adoptaron esa palabra de origen celta para denominarles. Los refinados romanos les consideraban unos verdaderos salvajes, pero acabarían "romanizándoles" con los siglos, sobre todo gracias a la evangelización de la Iglesia Cristiana, que había heredado el clasicismo latino incluso ya desaparecido el Imperio Romano. Pero los monjes predicaban la creencia en un solo dios por lo que cuando llegan los vikingos, con su religión politeísta, lo revuelven todo de nuevo. Hallaron una isla grande con recursos con los que hacerse mediante el pillaje y no actuaban como los antiguos romanos, buscando un pacto que satisficiera a los dos pueblos antes de proceder a la conquista: los vikingos, directamente, tomaban lo que encontraban, pues su idea inicial no era quedarse, sino robar cuanto encontraran para enriquecerse frente a otras tribus vikingas.

Los habitantes de las Islas habían evolucionado de forma independiente a Europa hasta la llegada de los romanos. 

La sociedad británica era de tribus y esparcidas por las Islas sin apenas contacto entre ellas y sin centros de población que pudieran considerarse verdaderas ciudades. Serían los romanos quiénes las fundarían, como la capital de Gran Bretaña: Londres. También construyeron calzadas, como lo habían hecho en el resto del Imperio para comunicar las urbes que iban surgiendo como desarrollo de los campamentos de soldados.

Después del episodio de las razzias vikingas, el tercer contacto con Europa vendría de mano de Guillermo de Normandía, apodado el conquistador, con lo que podemos imaginar cuales eran sus intenciones: hacerse con las Islas para ampliar su poder y territorios, lo que consiguió. En el siglo XI, Inglaterra estaba unida a Normandía y Escocia, lo que junto a la parte oriental de Irlanda constituyó el Imperio Angevino, en el que se hablaba el francés y el inglés (se acabaría perdiendo Escocia que se erigiría como reino independiente). En el siglo XIII, una nueva dinastía se hace con el poder en Francia y expulsa al rey que se queda únicamente con los territorios británicos. Desde entonces, la pugna entre ingleses y franceses ha sido una constante.

Para colmo de los desencuentros entre europeos y británicos, llega en el siglo XIV la peste bubónica procedente del Continente, matando a la tercera parte de la población, como sucedió también en toda Europa. Al igual que en los demás Países continentales, la peste se convertiría en asidua en los siglos venideros hasta su erradicación. 

Inglaterra y Europa: amor-odio

Con la dinastía Tudor, originaria de Gales, Inglaterra se involucra por primera vez de forma activa en la política europea, casándose el segundo de los monarcas de la dinastía con la hija de los Reyes Católicos de España, como se conocía al matrimonio de Fernando de Aragón e Isabel de Castilla. Pero, en realidad, esa unión entre Enrique de Inglaterra e Irlanda con Catalina de Aragón fue una maniobra política para cercar a Francia, con la que también andaban en pugna los españoles. Ya en este momento, puede vislumbrarse el afán británico por sacudirse la influencia europea que todavía imperaba en las Islas, en prácticamente todos los órdenes. Enrique no dudó en separarse de la Iglesia de Roma fundando su propio credo: el cristiano anglicano.

La hija de Enrique, Isabel I, heredó el separatismo de Enrique, consiguiendo enfurecer al rey más poderoso del Mundo, el español Felipe II, quién mandó a la mayor flota que surcó los mares hasta ese momento con el objetivo de conquistar Inglaterra. Como es sabido, la empresa no tuvo éxito; de ahí que, de forma despectiva, los ingleses bautizaran a la flota española como la Armada Invencible. Sin embargo, el fracaso se debió a la ineptitud del comandante de la Armada y el mal tiempo en el Canal de la Mancha, no a la pericia inglesa. De hecho, aquel año de 1588, en Inglaterra se vivieron momentos de angustia ante lo que creían inevitable: la invasión española. 

Felipe II fracasó en su costosa empresa y enquistó aún más la animadversión que los ingleses sentían hacia Europa. Además, se dieron cuenta de que necesitaban reforzar sus defensas y robustecer su poder para ahuyentar una segunda intentona de conquista por parte de alguna gran potencia europea.

No solo competía con Francia y España en poder político sino también en adelantos científicos y lo hacía desde el siglo XVII: los británicos deseaban quitarse la dependencia de Europa en cuanto a cultura y ciencia.

Poco después del intento de conquista por parte de España, el rey Jaime de Escocia sería el primero que gobernó sobre todas las Islas, convirtiéndolas en un reino fuerte. Tras varias vicisitudes, ya en el siglo XVIII y debilitados los dos grandes Imperios mundiales, el español y el francés, la monarquía británica aprovechó la ocasión para convertirse en la nueva superpotencia. En el siglo XIX, el Imperio Británico era un conglomerado de colonias repartidas por todo el Mundo, el segundo Imperio más extenso de la Historia, después del Hispánico (en el período en el que estuvo unido a Portugal, el Imperio Español fue mucho más extenso de lo que lo ha sido nunca el británico). Pero para ello, antes tuvieron que neutralizar una nueva amenaza procedente de Europa: Napoleón. De no haberle frenado en suelo europeo, el emperador francés no hubiera dudado de invadir Inglaterra antes o después. Una vez vencido Napoleón, Gran Bretaña mira por encima del hombro a Europa pues acaba de demostrarles, por primera vez, quién manda de verdad.

La decisión inglesa: EEUU antes que Europa

Con lo que no contaban es que sus antiguas colonias norteamericanas acabaran siendo más poderosas que Gran Bretaña en el siglo XX, como sucedió tras la Primera Guerra Mundial. En Londres pensaban que después de la Revolución Industrial del siglo XIX ningún País del Mundo podría ya adelantar a Inglaterra, pero los Estados Unidos hicieron sus deberes y supieron aguardar su momento. Si en los años 20, EEUU ya es la principal superpotencia mundial, Gran Bretaña continúa manteniendo su Imperio y con ello la esperanza en recobrar su papel preponderante en la escena internacional. Un nefasto inconveniente lo impidió: la Segunda Guerra Mundial.

De nuevo, una amenaza procedente de Europa, en la forma del III Reich nazi que se apoderó de prácticamente todo el Continente, preparaba la invasión de Inglaterra. Los bombardeos continuos sobre Londres han sido la peor tragedia que ha vivido esa ciudad en toda su Historia. Una vez eliminado el peligro nazi, Gran Bretaña ya no fue la misma: su imperio se desmoronó.

Una nueva etapa, en los años 50, anima a los británicos a recuperar su influencia perdida. Saben que el único modo de hacerlo es aliándose con alguien pues sus reservas han quedado muy mermadas después de la contienda mundial de la década anterior. Solo tenían dos opciones: Estados Unidos o Europa. Con los primeros tenían contraída una enorme deuda, por su apoyo financiero y militar en la guerra.

No quisieron unirse a los Países que formaron el germen de lo que después sería la Unión Europea, porque nunca se consideraron verdaderamente europeos. Así que estrecharon lazos con los Estados Unidos y solo cuando el experimento europeo comenzó a dar frutos, es cuando se animan a unirse, ya en los años 70. Desde ese momento, las fricciones con Europa han sido constantes pues no quisieron adscribirse a muchos de los programas que se ponían en marcha por los otros Países. Conservaron su propia moneda, la libra, cuando se instauró el euro en los demás Países de la Unión, ya en el siglo XXI. En cambio, Europa tuvo muchos más detalles con ellos de los que Gran Bretaña ha tenido con Europa; incluso en las competiciones deportivas europeas, se permitió que Gran Bretaña compitiera con cuatro selecciones distintas, pertenecientes a sus cuatro territorios históricos: Inglaterra, Escocia, Gales e Irlanda del Norte. En Europa hay Estados con nacionalidades dentro de sus territorios con los que no se ha contemplado ese gesto.

Ahora, el Brexit o como se ha llamado a la salida de Gran Bretaña de la Unión Europea, es la culminación de los despropósitos británicos hacia Europa. Una historia de amor-odio que desemboca en ruptura definitiva, como sucedería con cualquier matrimonio mal avenido. De unos y otros depende, pero sobre todo de Gran Bretaña, que el divorcio de lugar a una relación de entendimiento y respeto mutuos o, de nuevo, de animadversión. 


En Granada, María Rodríguez, para el Club de la Historia