Los peores virus de la Historia

31.01.2020

Son asesinos en serie invisibles que de vez en cuando sorprenden a la Humanidad; os contamos cuáles han sido los cinco peores virus de la Historia. 

En el siglo V a. C., Atenas era la ciudad más importante del Mundo. Durante aquella centuria elaboró un sistema cultural, legislativo y social que sentaría las bases de nuestra civilización actual, expandiendo su influencia por todo el Mediterráneo Oriental hasta que la Ciudad-Estado de Esparta le tomó el relevo, al vencer ésta a los atenienses en la Guerra del Peloponeso. Fueron los momentos más difíciles para la gloriosa ciudad de Atenas, pues a la derrota militar se sumó la epidemia de viruela que diezmó la población.

Probablemente, la viruela llegó a través de los alimentos que arribaban al puerto del Pireo y el asedio de Esparta empeoró la situación porque la población de Atenas se triplicó al encerrarse tras sus murallas los atenienses que vivían fuera de las mismas y los campesinos que araban las tierras próximas. El hacinamiento era tal que las condiciones higiénicas eran precarias, escenario idóneo para la propagación de un virus o bacteria. 

Parece que el virus de la viruela llegó desde África o al menos es lo que insinúa el historiador Tucídides, considerado padre de la historiografía y contemporánea de aquellos terribles acontecimientos. 

Según nos cuenta Tucídides, en su Historia de la Guerra del Peloponeso, los espartanos se asustaron al ver como se quemaban numerosos cadáveres en hogueras dentro de la ciudad de Atenas, por lo que decidieron retirarse del asedio por temor a infectarse también ellos. El gran Pericles, que llevó a la ciudad a su máximo esplendor, moriría por la viruela, tras lo que Atenas ya no pudo recuperarse al ser gobernada por personas incapaces. La propia enfermedad regresaría dos veces más en la siguiente década, terminando de hundirla en la miseria sin que nunca más llegara a ser una potencia.

La epidemia que arrasó Atenas formaba parte de una primera pandemia que azotó el norte de África, desde donde llegaría a través de barcos mercantes al sureste de Europa y Oriente Próximo. Las tres grandes pandemias posteriores tuvieron lugar en siglos posteriores y todas, curiosamente, coincidiendo con movimientos de tropas llegadas de lugares lejanos.

Los romanos seguramente habían oído hablar de este mal en su expansión por Mesopotamia, en el siglo II de nuestra era. Serían los que procedían de aquellas tierras los que la introducirían en la capital del Imperio, conociéndose como la "plaga antonina" (por la dinastía que reinaba entonces), entre los años 165 y 169. Galeno fue el que la describió primeramente y a través de quién conocemos sus efectos ya que fue testigo presencial. Tan famoso se hizo y con tal realismo describió la enfermedad, intentando buscar una cura idónea, que desde entonces se llama "galenos" también a los médicos.

Pero la peste que asoló Roma en el siglo II pudo no ser de viruela, sino de sarampión, otro de los virus más letales de la Historia. Lo que ocurre es que no es descrita con exactitud hasta el siglo IX, cuando el médico árabe Al-Razi la estudia en profundidad, junto a la viruela, en su tratado Kitab fi al-jadari wa-al-hasbah. De hecho, elaboró una crítica de la obra de Galeno en otro tratado llamado Shukuk 'ala alinusor.

Las siguientes dos grandes pandemias de viruela fueron, una provocada por la expansión islámica por Oriente Medio y norte de África, en la Edad Media; la otra con la conquista hispanoportuguesa de América. 

El sarampión, a diferencia de la viruela, no ha cesado de matar pues en la actualidad es la causa de la defunción de decenas de miles de personas todos los años. Fueron los dos virus más letales hasta la llegada de la fiebre amarilla, ya en la era moderna.

La fiebre amarilla era endémica en África y el intenso tráfico de esclavos desde dicho continente a Europa y América expandió la enfermedad entre los europeos. Éstos, a su vez, la llevaron a las colonias americanas. La transmite el mosquito Aedes Aegypti y se han producido diversas epidemias a lo largo de los últimos siglos, no estando erradicada aún, ni mucho menos. Son decenas de miles de personas las que todavía perecen a causa de este virus, al no haber sido vacunadas, en zonas marginales tanto de África como de Sudamérica.

Barcelona sufrió una de sus peores calamidades en 1821 con una epidemia de fiebre amarilla que mató al 6,3% de su población. Miles de personas perecieron al ser infectadas por los tripulantes de un barco mercante que arribó a su puerto y en el que los mismos ya venían enfermos. Los barcos siempre han sido lugares perfectos para anidar todo tipo de enfermedades, hasta que se implementaron medidas sanitarias e higiénicas efectivas, ya en el siglo XX. Estos navíos transmitían virus y bacterias que portaban sus tripulantes, contagiados en alguno de los Países con los que comerciaban. Los barrios colindantes con el Puerto de Barcelona se despoblaron durante un par de años por el terror que infligió la enfermedad.

La fiebre amarilla, como el sarampión, sigue vigente en la actualidad y matando a decenas de miles de personas todos los años en África y Latinoamérica. Pero si una enfermedad es recordada hoy en día por su voracidad, encendiéndose las alarmas cuando surge cualquier nuevo virus, como ya está sucediendo con el coronavirus originado en China en 2019-20, es la mal llamada "gripe española".

En 1918, terminando la Primera Guerra Mundial, se produjo una epidemia de gripe que causó nada menos que cien millones de muertes, aproximadamente (el 4,5% de la población mundial de entonces). Los efectos duraron hasta 1920 propagándose por prácticamente todo el Mundo. El motivo por el que se la denominó "gripe española" es porque solo los diarios españoles informaron de ello, al ser España neutral en el conflicto militar. Los periódicos de los Países enfrentados no hablaban de la enfermedad para no desmoralizar a sus tropas.

Si nos fijamos, coincide también con movimientos de tropas, como sucedió en épocas anteriores tal y como hemos repasado, con otros virus. Los campamentos militares de la Primera Guerra Mundial, en la que confluyeron soldados de medio Mundo, se hallaban en condiciones sanitarias e higiénicas lamentables. Los soldados sangraban; los desechos y heces se amontonaban en una zona hasta que eran cubiertos con tierra. Estos lugares eran caldo de cultivo perfecto para todo tipo de gérmenes.

Cuando los soldados fueron repatriados a sus respectivos Países llevaron consigo el virus expandiéndose por prácticamente los cinco continentes. Serían los campos de entrenamiento de los Estados Unidos los más afectados en la segunda embestida del virus.

Ahora, coincidiendo con el inicio de la nueva década, nos enfrentamos a una nueva amenaza vírica surgida en China y que algunos ya comparan con la de 1919. El virus que causó aquella influenza (término italiano con el que se denomina a estas enfermedades) es un subtipo de gripe A, la misma que ha derivado en otros subtipos como la porcina o la aviar, sin graves consecuencias, como esperemos que sea el coronavirus actual. Sin embargo, los epidemiólogos tienen claro que más tarde o temprano, la Historia se repetirá y nos embestirá una nueva pandemia.